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El tiempo de las dictaduras democráticas

Arturo Guerrero

03 de diciembre de 2021 - 12:00 a. m.

La costumbre de las dictaduras militares latinoamericanas entró en barrena. Pinochet, Videla, Garrastazu, Médici y Banzer devastaron la democracia en el continente y la llenaron de muertos, torturados y exiliados. Las tremendas gafas negras del chileno, sus bigotes en arco y los brazos cruzados como barricadas de hierro, pasaron a la historia visual de la infamia.

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A pesar de que el fenecimiento de esas dictaduras duró años, la impresión en la memoria insinúa que de pronto alguien dio la orden a los generales de regresar a sus cuarteles. De hecho, no es posible marcar una fecha exacta del derrumbe de los quepis.

Las fosas comunes, los desaparecidos, los arrojados desde helicópteros al mar, las madres de blanco, quedaron como motivo de películas y de marchas por las grandes alamedas. El continente se quitó las botas y siguió eligiendo presidentes con todas las de la ley.

¿Todas? Es evidente que no. El cerrojo militar fue tan evidente y ofensivo que los nuevos mandatarios se cuidaron de borrar sus métodos y su recuerdo. Pero encontraron otras maneras para ponerse de ruana la democracia. Unos modos decentes, graduales y, sobre todo, ajustados a la Constitución de cada país.

Para los nuevos dictadores democráticos es fundamental dar apariencia de legalidad. Así esquivan el escrutinio de las entidades que cuidan la buena marcha de las instituciones desde los países ricos. También así se lavan las manos frente a la oposición que los acusa de atornillarse en sus sillas y de copar los tres brazos del poder.

Les ha costado más de una frente de inteligencia darse cuenta de que lo fundamental es infiltrar la justicia y los órganos de control, pagar con mermelada las mayorías en el Congreso, aceitar las registradoras de los empresarios y, claro, consentir con contratos a los altos mandos militares, que son los que apuntalan un régimen.

Por eso se les llama dictaduras democráticas. Han mantenido el mando del Estado monopolizando las herramientas que las viejas democracias inventaron para que nadie manipulara el equilibrio entre las instituciones.

Utilizan las elecciones, pero conocen el mecanismo para torcerlas a su favor. Cambian a su gusto Constitución y leyes para demostrar su devoción y apego al derecho. Nombran a amigos y áulicos en posiciones clave y, de este modo, se apoderan de las oficinas donde se controla el funcionamiento público.

Son poder ejecutivo, legislativo, judicial, económico y militar. Son amos y señores de los resquicios del poder, de manera que nadie los logre desestabilizar de sus puestos vitalicios. Lo han hecho bien: todo dentro de la ley y tradiciones. Son de izquierda o de derecha, da lo mismo. Cuando se trata de lucrarse del poder, la ideología es una rubia de costumbres elásticas.

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Las dictaduras democráticas no se reconocen como dictaduras y ultrajan la democracia. Son pinochets de Everfit. Ningún país los puede invadir, no hay asambleas internacionales con dientes para derrocarlas.

arturoguerreror@gmail.com

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