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24 Jun 2022 - 5:00 a. m.

El yate y la canoa

¿Habrá síntesis más cabal de lo sucedido en elecciones presidenciales que un trino de Alejandra Yarce, posteado al día siguiente? “Pudo más una canoa que un yate”: dos símbolos escuetos que desatan un cúmulo de asociaciones y un fogonazo de risa.

El enorme contraste. La larga y temblorosa embarcación que raya el río llevando decenas de indígenas y afros, con sus niños, durante horas y días para llegar a la votación. Y la discoteca flotante que divierte en Miami a un candidato, entre damas en tanga. La campaña, el día decisivo, los países contrapuestos que ondean sobre las aguas.

Así fue el domingo anterior y así han sido los días siguientes. Por un lado, multitudes bailando, tamboreando, coreando. Por otro, líderes y seguidores derrotados que sueltan su hiel en redes sociales con advertencias de cuidar al triunfador, pues así se amenaza aquí sin necesidad de exhibir fusiles con mira telescópica.

Un cuadro destapa el mapa nacional mordisqueado por las cifras del escrutinio. En el centro una mancha amarilla informe, por la periferia una silueta anaranjada que al rompe permite cerciorarse de cuál país se trata. En un video mayestático una senadora amonesta sobre la paradoja de que “la democracia puede acabar con ella misma”. Y aclara que lo que tendremos de ahora en adelante será “comunismo puro y duro”.

Buena parte de los votantes se motivaron gracias a videos, música, canciones, humor, afiches. Los creadores convencieron porque convierten en gusto los discursos pesados y repetitivos de los políticos. Demostraron que el arte se come tan ávidamente como el arroz con huevo frito.

Al día siguiente de los resultados, la gente se desperezó en día festivo y percibió que el alboroto celebratorio se diluía en una tosca realidad contrahecha. En las redes sociales ya ametrallaban los dolientes de los diez millones de votos. La gasolina y el trago se habían agotado en el yate.

Entonces emergió un país que son dos países. El de los bordes que está feliz, pues desde sus bisabuelos se sentía condenado a cien años de soledad. Sus habitantes, entre palafíticos y sobrevivientes del fenómeno de la Niña, confían como religión en el mandatario elegido y en su verbo promesero, curtido en lugares comunes.

El otro país, que hizo fieros con irse al exterior tan pronto llegara la roya zurda, se entrega a las artimañas heredadas desde tatarabuelos y más atrás. Le resulta duro comprender que esa indiamenta y esa negramenta de la canoa son gente tan colombiana como la Constitución y la bandera.

Da susto escucharlos, sentirlos aferrados a su rabia de desheredados o a su susto de demasiado acomodados. El hecho es que por primera vez la balanza histórica tiende a emparejar el peso específico de los dos platillos. Sería insensato que esas dos mitades, hoy evidentes, perforen huecos en la canoa y en el yate contrincantes.

Eso generaría el hundimiento general de “los países de Colombia”, como pluralizó con todos los colores del verde el poeta Aurelio Arturo.

arturoguerreror@gmail.com

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