Ellas ante los peldaños del abuso

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Arturo Guerrero
09 de diciembre de 2022 - 05:00 a. m.
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Una mirada erizada puede llevar a una palabra lasciva, una palabra suele llevar a un tocamiento, un tocamiento a un asedio y el asedio a un intento de violación. Así se escala el abuso contra las mujeres en los más insospechados escenarios de la humanidad descompuesta.

Luego de perder socialmente los privilegios históricos de su género, los hombres insaciables están acorralados. Solo les queda la fuerza muscular para imponer una superioridad fugitiva y rauda. Lo que en alguna época se veía como triunfo innato de la masculinidad, hoy es infamia.

Las mujeres están ejerciendo puntillosamente una reivindicación que sus antepasadas no soñaron. Los movimientos de reivindicación femenina encendieron una mecha de reprobación contra la media humanidad que durante siglos ejerció el derecho de pernada, simbólico o efectivo.

El más seguro signo de victoria de esta movilización de conciencias se observa en las niñas, que mayoritariamente nacen con la insurrección sembrada en sus cerebros y expandida en sus pieles. No requieren ser instruidas sobre su derecho al cuerpo, al deseo libre y a la oferta emancipada de su capacidad amatoria.

Más adelante desarrollan un instinto bravío para detectar el despunte de la intención de un macho que empiece a escalar los peldaños del abuso. Siglos de siglos de experiencia dolorosa de las abuelas plantaron en ellas un detector inapelable. Diferencian con sabiduría instintiva el galanteo del acoso. Conocen por dónde va el agua al molino.

No destierran los piropos, pero detectan el primer signo lingüístico que delate a quien se propase. Entre criterio y corazonada, son maestras en el arte de la femineidad asumida como territorio soberano del nuevo milenio. Muchas no se reconocen como feministas, pero lo son en el sentido intuitivo y genuino de la denominación. No son militantes, simplemente sienten, vibran.

Del lado de los hombres subsiste el desconcierto. No entienden las batallas sin cuartel, las generalizaciones en torno de su comportamiento ofensivo. Manifiestan sorpresa ante el embate concertado de las mujeres que instauran con sus congéneres relaciones de complicidad en las que intercambian experiencias aleccionadoras.

Mientras ellas sostienen su contienda desde mediados del XX, ellos siguen dormidos sobre sus laureles marchitos. Son escasos y a menudo silenciosos los grupos de nuevas masculinidades. No consiguen atenuar la rebeldía mancomunada de ellas, que constituyen la mitad de la sociedad.

Habría que reeducarlos, hacer patentes los estropicios del pasado contra el otrora sexo débil, comunicar la aflicción acumulada y heredada de miles de millones de mujeres, abrir los oídos masculinos a las crónicas de abuso y ultraje soportadas por sus madres, hermanas e hijas.

¿Existirá un hombre inconmovible ante el girón de voz de su hija que le relata aquella ocasión en que un conocido intentó mancillarla en su preadolescencia? Este testimonio de entrañas resulta más poderoso que cien discursos y doscientos manifiestos.

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