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¿Quién domestica a quién, el amo al perro o el perro al amo? Esta pregunta guarda una trampa: se le da categoría humana al perro al tratarlo de “quién”. Es decir, los dos pronombres se ponen en igualdad de condiciones. Así el animal obtiene su primer triunfo. Se trata de tú a tú con el hombre o mujer que cree poseerlo, ser su amo.
Más allá de esta humanización, la pregunta le concede otra victoria al canino. Da carta de ciudadanía a una duda al admitir la posibilidad de que sea el perro el que domestica, y no al revés. La persona que escucha esta pregunta percibe como punto de partida que el verdadero amo es el hombre. Pero en el fondo de su cerebro se desliza la viabilidad de la preeminencia del perro.
La raza perruna ha conseguido en dos pequeños golpes de lógica un par de triunfos trascendentales. ¿De dónde viene la oportunidad de semejantes laureles? A juzgar por lo que se observa en la nación de los perros, el origen de estas conquistas está en la realidad real.
Formular el interrogante inicial de esta columna es efectivamente una confesión. Es ver lo que sucede en casas, camas, calles, parques, supermercados, redes sociales, transportes de peludos, incluso hoteles, cementerios y sitios de lavado y peinado. Y al sentir avasallada la humanidad, proferir la pregunta aparentemente inocente, en verdad envenenada.
Una mañana temprano un hombre sale a trotar en pantaloneta por el parque de barrio donde acostumbra bombear los pulmones. Ve a una señora que trae dos perros, cada uno con su correa. De improviso, a traición, se le abalanza por detrás el primero de ellos y lo muerde debajo del gemelo de la pantorrilla derecha.
En vista de que el incidente no pasa a mayores, sigue su carrera circular. Dos vueltas más tarde, el segundo can ataca en la misma presa de la pierna izquierda. Sale un brote de sangre y en vista de que la dueña asegura que sus mascotas están vacunadas, se calma. “¡Ay, qué pena, señor!”. “No se preocupe, señora, es apenas una gota”. Todos siguen su camino.
La simple gota invita amigas, primas, tías. En minutos, la media y el tenis escandalizan de rojo. Ya en su casa, el hombre limpia las heridas y aplica agua oxigenada. Suspende el trote los días siguientes, a pesar de que no tuvo dolor ni ardor, nada preocupante aparte de costras durísimas, una mancha oscura y rebelde, las marcas blancas, redondas, exactas de los dientes verdugos.
Meses más tarde está seguro de que estas trazas son una señal intencional. El primer atacante probó la presa, comunicó a su cómplice la sencillez del operativo y consumada la embestida, entre ambos dieron la orden a la dueña de fugarse sin dejar rastro. Nunca volvieron a aparecer en el parque.
El trotador cambió las pantalonetas por pantalones largos de deporte. Comprendió que son ellos, los perros, los que mandan y vuelven domésticos a sus pretendidos amos. Y sabe que en la nación de los perros, él lleva el tatuaje que lo identifica como apetecible a los colmillos de estos patronos.
