Este país parece otro. Por arriba, en las nubes del poder, nunca ha habido mayor desprestigio. Por abajo, en las calles caminadas, el empuje de las gentes está imparable. Hacia el futuro puede abrirse lo anheladamente nuevo. Hasta aquí fue Colombia. De ahora en adelante siguen muchas colombias.
No se trata de un borrón y cuenta nueva. Es más bien una reconstrucción. Por eso los brazos los ponen los jóvenes, que tienen las energías al ciento por ciento. En cambio, las viejas castas perfumadas están que ya no dan más. Dan sus últimos resuellos y cada nombramiento, cada orden, cada declaración las acaba de tumbar como si fueran estatuas de Belalcázar.
No hay que ser politólogo ni haber escrito tres libros con estadísticas y citas, para percibir el olor a muerte de un régimen. Por supuesto, es el momento más peligroso. El aparato, desesperado, afila sus garras e intenta aplicar las tácticas enmohecidas. Todavía se puede llevar por delante a muchos Dylan y Lucas.
Lo que se ha llamado instituciones o estado de derecho o, en una palabra, democracia, no significa nada para quienes se definen como hijos de la nada. Generaciones diezmadas y engañadas han puesto suficientes cadáveres y amarguras, para que ahora los funcionarios pretendan engatusar a sus descendientes con anuncios paliativos.
En el flanco de las calles hay rudimentos de pliegos de peticiones, líderes con poca experiencia, comités improvisados para algunos asuntos. Sucede que la racionalidad y los conductos regulares han cedido lugar al frenesí y a las ollas de las madres de primera línea. Hay buen oxígeno y una combustión que nadie sabe cuanto durará.
Este fuego conforta la esperanza, alumbra la perspectiva de corregir el caminado general y por consiguiente el porvenir individual. Los especialistas en leyes de la historia se cogen la cabeza y lamentan lo que consideran anarquía. Olvidan que esta palabra es precisamente la ausencia de una única cabeza. No conciben que el raciocinio pueda ser complementado y en ocasiones reemplazado por el instinto, el fervor y la generosidad.
De modo que este país es otro. No solo se va a cambiar a sí mismo, sino trocará hacia afuera los modos de pastorear los asuntos públicos. Aquí se vive un cruce de miradas incompatibles. El régimen cuatro veces repetido, de los últimos veinte años, fue la consolidación histórica de proyectos y modales ávidos y pandilleros. Los muchachos del paro son la respuesta desde la dignidad y la conciencia.
A medida que avanza el movimiento de grafitis y tambores, arrecian los clamores de los relegados de la tierra. Y este suelo los acoge, pasa del miedo a la intrepidez, del tropel estudiantil a la cuchi-marcha. Ni la enfermedad mundial del virus arredra a las multitudes.
En el pico máximo del contagio las encuestas indican que la balanza viró la inclinación de los platos de siempre. Hoy pesa más la confianza de que las cosas no seguirán como venían, porque hay una extendida convicción de que esas cosas pertenecían a la prehistoria de lo humano.