La literatura universal no es más que una suma de préstamos. Basta escarbar un poco para que de la maraña verbal de un autor brote el rastro que tomó de algún antepasado ilustre. Es la manera que tienen los autores de rendir homenaje a sus ídolos, de los cuales agradecen influencias y proclaman hermandades.
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Entre nosotros se ha hablado mucho de la reconocida influencia del novelista del Mississippi William Faulkner en la desmesura y el desparpajo de la obra de Gabriel García Márquez. Pero siempre se ha creído que las mariposas amarillas de este son un recurso propio, tomado de la naturaleza de Macondo. De ahí que haya proliferado la iconografía de este insecto como si fuera un rasgo exclusivo del Caribe.
Es preciso hacer un barrido de la obra de Faulkner para aterrizar en la verdad. En 1929, 20 años antes de que le dieran el Nobel de Literatura, el norteamericano publicó su novela El ruido y la furia (Planeta, 1973, Barcelona, trad. de F. E. Lavalle). En ella fustiga el esclavismo de los negros a mano de los blancos. En una escena campestre, tres muchachos van por una senda a nadar o pescar, y el autor anota: “Mariposas amarillas chispeaban en la sombra como manchas de sol”.
Dos párrafos adelante insiste: “Las mariposas amarillas volando sobre ellos a lo largo de la sombra”. Y 20 páginas después, en escena diferente insiste: “Había otra mariposa amarilla, como si se hubiera soltado de una de las manchas del sol”. Es evidente la relación que establece el autor entre el insecto y el sol. Y el contraste que propone con la sombra.
Faulkner, a su turno, había tomado de otro gigante el título de su novela. En efecto, en Macbeth de Shakespeare se lee: “La vida no es más que una sombra... Una historia narrada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa”. Y no solo asumió el título, sino el espíritu que transmitía.
Uno de sus personajes femeninos habla desde ultratumba, con puntuación enrevesada: “Cosa he podido pensar ni siquiera he podido llorar he muerto el año anterior te dije que había muerto pero entonces no sabía qué quería decir eso no sabía qué estaba diciendo... Hombre suma de sus experiencias climáticas dijo papá. Hombre suma de cualquier cosa. Un problema de propiedades impuras arrastrando tediosamente a una invariable nada: una encerrona de polvo y deseos. Pero ahora sé que estoy muerta”.
Sombras, polvo, deseos, necedad, nada. Estos son los rasgos comunes entre autores cuyas vidas se distancian cuatro siglos o medio siglo. Y que han alcanzado inmortalidad gracias a sus miradas cercanas al padecimiento y al sueño de la humanidad. Se han leído unos a otros y han encontrado que el hombre sostiene a lo largo de la historia una palpitación similar sobre los asuntos fundamentales. De ahí que se presten unos a otros los títulos y el pálpito de sus obras. Como si entre todos escribieran la única saga parcial de estas estirpes.
Nota. Esta columna no circulará durante un mes. Reaparecerá la tercera semana de julio.