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“¡Tremenda verdad! Me provoca anotarlo en un papelito y tragármelo”. Así escribió, sobre uno de los Escolios de Nicolás Gómez Dávila el sabio alemán Ernesto Volkening, quien vivió en Bogotá durante medio siglo. Se lo imagina uno mascando el papelito pues, igual que su admirado escoliasta colombiano, pesaba en báscula cada término, cada coma, cada espacio.
Se vino de su tierra entre las dos guerras mundiales y pronto se casó aquí con su novia austriaca. Trajo sus diplomas en derecho, de las severas universidades de Hamburgo, Fráncfort, Berlín, Heidelberg y Erlangen. A sus 26 años no era un pintado en la pared.
Políglota, además de haber asimilado la vasta cultura europea desde siglos abolidos, consiguió, como lo dijo Álvaro Mutis, “una conquista de nuestro ser que raya con el milagro… Yo no conozco de antecedente alguno en otras literaturas de un logro semejante”. Entre nosotros se desempeñó como traductor, ensayista, editor, crítico de cine, literatura y artes plásticas.
De gabardina y bufanda, recorrió las calles no como turista sino con “ojos propios y a la vez lejanos”, según observó J. G. Cobo Borda. Publicó en las mejores revistas literarias del momento, dejando marca especial en Eco, de la cual fue director. Fue el primero en poner ojo sobre García Márquez cuando nadie hablaba de él. No obstante, mantuvo un anonimato protector.
Era de ahí que se topara con Nicolás Gómez Dávila. Eran tal para cual, dirían los contertulios de la inteligencia. En 1973, cuatro años antes de su publicación en dos tomos por Colcultura, el pensador colombiano entregó a su ya amigo alemán la primera versión de lo que serían sus Escolios a un texto implícito.
Fue un gesto de generosidad, a la vez que el reconocimiento de un alma trajinada en similares honduras. Los dos escribían en lápiz sobre cuadernos escolares, con una caligrafía que facilitaba la transcripción. No hubo compromisos ni requisitos. Los gigantes no se ponen en minucias.
Volkening se aplicó a comentar, no todos los escolios, sino aquellos que le produjeron mayor empatía y conmoción. No tuvo inconveniente en recortarlos y seleccionar fragmentos. “Sin admirar, sin sentirse atraído a priori por el nexo secreto de la simpatía en el sentido que le atribuían los herméticos, nadie entendería ni jota de los Escolios”: esta certeza fue su “patente de corso”.
Anotó, discrepó, elogió, con una mezcla de rigor, humor y desparpajo. Lo hizo, en calidad de voz solidaria con su amigo, sin aspirar a ser publicado. Por eso sus glosas son vibrantes. Cuando Gómez Dávila dice “Gran escritor es el que moja en tinta infernal la pluma que arranca al remo de un arcángel”, Volkening reacciona: “Ni en Heine he encontrado nada tan endiabladamente bueno como esta frase suspendida entre dos abismos”.
En abril de 2020 las universidades de Los Andes y Eafit publicaron Diario de lectura de los Escolios de Nicolás Gómez Dávila: Cuadernos I y II, el primero de dos tomos con el mano a mano entre los dos colosos.
