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Alexander von Humboldt es un personaje cumbre entre los siglos XVIII y XIX, escogido por William Ospina como protagonista de su penúltimo libro, Pondré mi oído en la piedra hasta que hable, Random House, 2023. El sabio naturalista alemán fue un desmesurado investigador de la naturaleza y un nuevo descubridor de América.
A la altura de sus 30 años de edad anduvo explorando ríos, montañas, volcanes, cielos y poblaciones de indios y de esclavos, en varios países del Caribe y de las tres Américas. Documentó en láminas, libros y correspondencia su minuciosa compenetración con este nuevo mundo, que poco tenía que ver con su Europa familiar.
Y ahora se le reveló a Ospina quien hace no su biografía ni un estudio erudito, sino un relato apasionado y personal de la fiebre que obsesionó a un hombre comparable solo con Aristóteles y Leonardo da Vinci. El autor mezcla algo de ficción y de recuerdos de su conocimiento personal como escritor de novelas escenificadas en nuestra geografía enmarañada. “Aquí se trata menos de contar que de sentir a Humboldt”, advierte.
Luego de tres siglos de presencia y conquista de los españoles, Humboldt se da cuenta de que “solo las cordilleras equinocciales de América ofrecen toda la variedad de especies vegetales. Aquello que en el resto del globo solo está parcialmente”. España venía persiguiendo el oro y esta pasión de riqueza la hizo ciega a la verdad de que nuestras formas vegetales “no se muestran completas ni en el Himalaya ni en las pendientes de los Alpes ni en la cumbre africana sino en los equinoccios andinos”.
No contento con ascender hasta la boca de los volcanes, se introdujo en sus fauces, probó mucho de su furia de fuego, hasta concluir que “el secreto del planeta y tal vez de la vida estaba en el magma de las profundidades”. Entonces concluyó que “hay un sol de adentro y un sol de afuera”.
A pesar de que su faena entre nosotros duró cinco años, muy pocas son las anotaciones de tipo personal e íntimo que incluyó en sus informes. No obstante, se dejó sorprender por murmullos de la cotidianeidad de los casi tres millones de esclavos: “Veía pasar el cargamento torturado de los barcos negreros, pero le pareció que había música en ellos”.
De ahí que Ospina anota que “Alexander escribía textos científicos como si fueran poemas”. De su cartas y reportes sobre la medida de cada curva de los ríos estaban pendientes los escritores, políticos y científicos de la época, como Goethe, Mutis, Caldas, Bolívar, Napoleón, Jefferson.
No era un observador a distancia, se compenetraba con todas las cosas: “No se conformaba con aplicar electricidad a las plantas o a las ranas muertas, también la experimentaba en su propio cuerpo. Quería entender qué parte de nuestro ser se debe a la electricidad y al magnetismo... y de qué manera la energía mueve nuestros músculos”.
Regresó a Europa con su salud plena y vivió hasta los 89 años. “La expansión de su horizonte sensorial lo llenó de vitalidad”, concluye Ospina.
