El mundo de las clínicas es tortuoso. Cuando alguien llega allí en ambulancia o simplemente caminando angustiado, busca una forma de salvación. Ignora la cantidad de pasos intermedios que debe salvar antes de ser admitido como digno de consideración. Ha de ir preparado para la espera, pues la aglomeración de pacientes es una fila hacia la eternidad.
J. M. Coetzee, en su novela Hombre lento, retrata un aspecto de aquello que sufren los adultos mayores: “Como todos los profesionales sanitarios que ha conocido recientemente, Madeleine trata a todos los ancianos que tiene asignados a su cargo como si fueran niños: niños no muy listos, un tanto taciturnos, un tanto indolentes, que necesitan que alguien les levante el ánimo”.
Esta mirada infantilizadora se enriquece entre nosotros con otros procedimientos sensibleros. “A ver el bracito, remánguese la camisita”, cuando se trata de una toma de sangre. Al viejo hay que darle estatus de recién nacido como muestra de amabilidad. ¡Y hay que gritarle!, porque se supone que todos los entrados en años son sordos.
Para llegar a este jardín infantil la gente, tenga la edad que tenga, debe superar varias etapas. Lo primero es dirigirse a un cubículo donde por primera vez le tomarán “signos vitales”: tensión arterial, frecuencia cardíaca. Este será el abreboca del encuentro del hombre con la máquina.
En efecto, el ingreso a esta forma de salud es un itinerario de funcionarios médicos que no cesan de teclear en sus portátiles nuevos informes calcados de los que ya figuran en la historia clínica del paciente. No importa, hay que repetir y repetir lo que otros han escrito, incluso las frecuentes equivocaciones consignadas de forma indeleble.
El único momento en que el enfermo se siente mirado como un individuo único e irrepetible es el ascenso a la camilla donde el médico -¡otra vez!- le auscultará los signos vitales. El fonendoscopio se suma a los instrumentos fríos que hurgan en pos de síntomas.
El facultativo dicta entonces su veredicto, le ordena a la impresora escupir varios papeles donde figuran medicamentos, exámenes de laboratorio y consejos generales. Se autoriza formular preguntas, pero el individuo esta abrumado. No ha habido diálogo, nadie pronuncia el nombre del otro, se acaba el tiempo y vuelve a comenzar la rueda terapéutica.
El ritmo de estos médicos puntuales ha de ser agotador. Su ciencia se halla atrapada entre máquinas y aparatos que horas o días después darán un veredicto enjuto. La clínica se ha convertido en una empresa milimétricamente parametrada, más parecida a las filas donde se enganchan los automóviles en las fábricas.
Cuando alguien que entró por urgencias es admitido como paciente de la institución se le asigna una camilla en un pasillo, dado que la institución está a tope. Aquello semeja las multitudes de harapientos que rodeaban al Cristo milagroso en las escenas de la biblia. Todos requieren salvación, pero el mesías está desbordado.