Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
La cercanía de las elecciones altera el ritmo normal de las actividades. Es apabullante el bombardeo de toda clase de contenidos que invitan a votar por los candidatos. La publicidad ha migrado, más allá de vallas y anuncios en medios tradicionales, hacia las redes sociales.
En esta nueva vitrina estalló la modalidad de los influenciadores. Estos son comunicadores bien eficaces, empujados desde hace rato por la libertad total que permiten las redes. Luego de consolidarse individuamente como buenos enlazadores de multitudes, hoy han sido reclutados por las diversas campañas.
Son atrevidos, desafían las maneras acostumbradas desde siempre, incorporan el humor, incluso las malas palabras. Así conquistaron porciones importantes de las audiencias, de modo que los fejes de las cruzadas políticas les echaron el ojo y los convirtieron en propagandistas a sueldo.
Es la lógica del mercado, claro está. Pero quienes habían trabajado largos años por atraer públicos con desfachatez, hoy pelaron el cobre al poner su tiempo y sus habilidades al servicio del mejor postor. Hoy todo es vendible y comprable. La siguiente pregunta resulta obligada: ¿cuál será el futuro de estos influenciadores, luego de que sus públicos adviertan el cambio que han hecho de su elocuencia y humor, por unas cuentas monedas pasajeras? Porque el valor de un trabajo de comunicación sostenido y perfeccionado durante años no puede tasarse en un salario efímero. La conquista de las redes sociales ha implicado conocimiento de las audiencias, especialización del lenguaje, inmediatez de respuestas y manejo fino del humor popular.
Es una habilidad que se enfrenta a un medio de comunicación bien reciente. Los influenciadores son conquistadores de un territorio que no lleva mucho tiempo de haber sido descubierto. Son una especie de Cristóbal Colón frente a una tierra desconocida. Y no solo han sometido la nueva comarca, sino que lograron vincularse con el ánimo de sus habitantes.
Esta labor no admite en sus fueros a los mercenarios. Venderse por unas monedas es embaucar a quienes han sido su público y los han sostenido otorgándoles una asiduidad que ya habrían deseado los comunicadores de la vieja guardia. Por eso cuando sus seguidores pasan a ser considerados clientela, un sabor agrio se mezcla con los jugos estomacales de esos admiradores.
Se sienten estafados, manipulados desde hace buen tiempo. Aquel amigo que los comprendía y los hacía reír resultó ser un oportunista. Máxime cuando ellos son conscientes de que hoy pretende venderles algo. Ahora no son comunicadores, son mercaderes y se pasean en las redes abrazados con los propietarios de las mercancías.
Entre vendedores y clientes no puede haber buen humor ni camaradería estable y sincera. De ahí que los influenciadores que no han dado su brazo a torcer sean unos héroes que han respetado la índole desinteresada de su oficio. Gracias a ellos, a los sobrevivientes, a los influenciadores que no se venden, esta actividad mantiene su garra.
