Están cambiando la inmunidad de rebaño por inmunidad de grupo. Los nominadores de las cosas se dieron cuenta de que las multitudes en las calles no son ovejas. Entonces se arrepintieron de tratar a la gente como ganado menor y se escurrieron hacia el sustantivo grupo, más neutro, menos afrentoso.
Es un pequeño triunfo de las palabras, un reconocimiento vergonzante de que nombrar es comenzar a actuar. Un rebaño es un hato de animales domésticos o es una congregación de fieles sometidos a la autoridad clerical. Y lo que sucede en Colombia en las últimas tres semanas no tiene que ver ni con lo uno ni con lo otro.
Las manifestaciones no han sido desfiles de cabezas gachas en pos de instigadores que unifiquen el caminado, los himnos y las consignas. El comité de paro es apenas un detonante. Las cúpulas sindicales olieron el tocino del descontento y hundieron el botón de arranque. En sus cálculos no entraban los ríos de gentes madrugando a delirar tantos días consecutivos.
Las marchas organizadas a partir de los años sesenta, cuando reinaba el mamertismo fino, podrían semejarse eventualmente a escuadras de rebaños. Había un partido de sesgo pequinés o bolchevique, había juventudes con siglas como Juco y Jupa, había telas de andén a anden con letras furibundas contra este mundo y sus alrededores. Había similitudes con las jerarquías apocalípticas de las religiones.
Las marchas de hoy se les parecen únicamente en que transitan por las mismas calles con los mismos huecos. Son torrentes que brincan al trino de rítmicas llegadas de Chile, Argentina, Italia, con arreglos del trópico y cóleras compuestas por lumbreras anarquistas como Edson Velandia o La Muchacha.
Tras el sofoco que significó la cuarentena viral, los jóvenes se sublevan bailando y contoneándose al lado de sus semejantes. Ven que estos todavía están ahí, al alcance de un tambor. Reencuentran la hermandad, se saben tribu, se empapan bajo idénticos aguaceros. Son un chorro de entereza autosostenida que no obedece a prédicas ni a liderazgos desde lo alto.
Tal vez a causa de esta liberalidad impulsiva, los amos del miedo ven peligrar su preeminencia y resuelven proporcionar una fuerte ración de su especialidad. Esta juventud ya no tiembla frente a la cuarentena ni a la noche ni a la madrugada ni a los encargados del monopolio de las armas, ni siquiera frente al coronavirus.
Así, es urgente inocularle el pedagógico miedo, gracias al cual se identifican y agigantan enemigos, para ganar elecciones. Se les prescribe entonces a las fuerzas de verde y de negro el uso “menos letal” del gatillo, se les facilita el traje de paisanos y la pistola en la pretina por si acaso. Incluso se trae a la memoria la época de las autodefensas y vuelven a rondar, esta vez en la ciudad, las camionetas de alta gama y baja fama.
De esta manera, pues, se comienza a cambiar el rebaño por el grupo, para mencionar a la población candidata a la vacuna, que es la misma hecha hervidero en los días y noches de la ira.