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El más reciente libro de Julio César Londoño tiene un título menesteroso: “La letra, el número y la cosa” (Planeta, Bogotá, 2023). Parece sugerido por un filósofo estilita, de aquellos que en la antigüedad vivían sobre una columna y desde lo alto meditaban sobre las pocas cosas esenciales de la vida.
En realidad, esta escasez de telegrama le viene de la infancia: “Crecí en una casa en la que faltaban muchas cosas y me tocó jugar con lo que había a mano, números y letras”. Nació modesto, su madre viuda sacó adelante el hogar con costuras y de milagro. Pero no se queja: “Los niños nunca son pobres. La pobreza es una condición de los adultos. Los niños siempre se encuentran tesoros debajo de una piedra o en sus bolsillos (un trompo, un grillo, un dulce…)”.
Creció, vaciló entre una o dos carreras universitarias ásperas, fue autodidacta en lo que lo apasiona y siguió descubriendo grillos en Palmira, la ciudad de la que no le gusta salir. Les examina antenas y patas, las enumera, averigua cómo funcionan y entrega al mundo una explicación provocativa. Antes, se burla de alguien que dé papaya.
Al escribir sobre el bosón de Higgs o partícula divina que explica el origen del universo, atrapado hace once años en el laboratorio CERN entre Francia y Suiza, hace la siguiente relación: “Los olores, los virus, las piedras, los pájaros, las flores, las radiaciones, las estrellas, las auroras boreales y Sofía Vergara no son más que combinaciones de fermiones y bosones en un orden precioso”. ¿Qué diablos hace Sofía en medio de tanta ciencia y cosmología? Es un ingrediente del ‘grillo’ con que Londoño nos aporrea.
Le encantan las filas de palabras -como las del título del libro-, pues en medio de la letanía es más fácil introducir una que destroce la secuencia y la lógica, siempre con un veneno y una risa: “Como la Biblia, El Quijote y la sábila, Platón sirve para todo”. Con este argumento vegetal despacha al que reconoce como “el pensador más influyente de la historia”.
No deja títere con cabeza. Entre los muchos científicos y escritores que pasan a su patíbulo de rencores, el lingüista Rufino José Cuervo con su infinito Diccionario de Construcción y Régimen recibe una de las más agrias punzadas: “Es el derroche de tiempo y de genio más lamentable que registra la historia intelectual de Colombia. Tal vez nunca fue una persona especialmente sensible sino estudiosa, un incansable compilador… Sí, notario, no ensayista ni filósofo ni poeta”.
Hacia el final de las 300 páginas, el feliz divulgador científico y ensayista aventura pronósticos sobre la filosofía del siglo XXI. Sugiere que ante todo ha de redactarse un modelo económico que supere la mezquindad del neoliberalismo y “la ingenuidad del comunismo, esa conmovedora fe en la bondad humana y en la omnipotencia del Estado”.
Y no cesa de reírse de sí mismo. Encumbra la obra “El mundo como voluntad y representación” de Arthur Schopenhauer, “ante la que se inclinan, reverentes, pensadores de todos los credos y ante la cual seguramente me inclinaré también yo… cuando la lea”.
