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La agresividad como tono general

Arturo Guerrero

19 de junio de 2026 - 12:00 a. m.

El grado de pugnacidad que se respira en estas épocas electorales es elevado y significativo. Basta revisar los comentarios a cualquier afirmación en cualquier sentido, para temblar de miedo. La agresividad es el tono general, no importa a qué bando se inclina quien informa u opina.

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La gente se enreda insultando, como si quisiera desquitarse de los agravios que le han propinado durante toda su vida. No hay manera de encontrar un razonamiento sereno, una aclaración amable. Los que intervienen se están vengando del mal trato que han recibido del mundo, de la historia, de la vida.

Aprovechan la oportunidad que les brinda el computador para despacharse contra todos los que los han antecedido en el uso de la palabra escrita. Como la zona establecida para respuestas de todos los temas expuestos es anónima, se identifican con una foto borrosa y cualquier nombre improvisado. Así tienen servida la oportunidad de explotar.

No es necesario que el asunto sea político, quienes opinan no responden a ideas sino a desafíos y pugnacidades. Cualquier temática sirve para hacer trizas lo que acaba de escribir alguien que ni conocen ni pretenden conocer. Los demás son esos boxeadores que sirven de muñecos para recibir los golpes de otros cuando se preparan para un combate.

De manera que el escenario está servido para que cualquiera intervenga sin compromiso ni reglas. Y claro, el tema se convierte en válvula de escape por donde se introducen quienes quieren despachar su adrenalina. Es además un buen sistema para medir el grado de agresividad de una sociedad.

¿Qué sería de los colombianos sin estos modos gratuitos y secretos de desquitarse de las amarguras acumuladas? El problema es que este escenario de desfogue individual y colectivo genera una manera típica de reaccionar ante la vida. Es como una olla a presión que, si no se vigila, en algún momento estallará con una fuerza real inimaginable y lesiva.

Los gobernantes deberían tomar atenta nota de este fenómeno y pensar en paliativos que rebajen la presión colectiva. Podría decirse que es un asunto de sanidad pública, pues nadie podría imaginar la furia callejera a que podría llevar la actual agresividad que rumian en sus adentros los habitantes del hastío.

Despresurizar, sería la tarea pública. Abrir salidas a la creciente irritación en que navega por la vida la población. El siquismo colectivo merece tanta atención como el individual. Tanta o mayor. No es descartable que la tensión acumulada en los cerebros tenga origen en la mala vida que sufrieron los ancestros.

Habría entonces una especie de rebelión soterrada contra esa vida de desdicha que soportaron los abuelos y contra las muertes de miseria que padecieron cuando ya no podían ni moverse. El asunto, pues, es también generacional, una acumulación de acumulaciones. Una opresión que hoy hace rabiar a los herederos y que explica la mala leche con que vive buena parte de la población actual.

arturoguerreror@gmail.com

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