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En 1986, la editorial Gallimard publicó en francés el libro-ensayo El arte de la novela, del escritor checo Milan Kundera, fallecido hace poco. Su país todavía lloraba la destrucción 18 años atrás de La primavera de Praga, movimiento que pretendía darle rostro humano al socialismo. Tanques, cañones y soldados rusos y de cuatro países satélites sugirieron cariñosamente a los manifestantes guardar sus banderas en sus casas y en sus memorias.
Kundera, por milagro exiliado en París, impacientó a la humanidad en su libro con la siguiente provocación: “¿Por qué ayer Alemania y hoy Rusia quieren dominar el mundo? ¿Para ser más ricas? ¿Más felices? No. La agresividad de la fuerza es perfectamente desinteresada; inmotivada; solo quiere su querer; es absolutamente irracional”.
Estas líneas parecen escritas para hoy, para Ucrania, para Rusia, sus tanques, cañones y afectuosos soldados. Cien páginas adelante, el autor desentraña la irracionalidad de la fuerza: “dondequiera que el poder se deifique, produce automáticamente su propia teología; dondequiera que se comporte como Dios, suscita hacia él sentimientos religiosos; el mundo puede ser descrito con un vocabulario teológico”.
En efecto, Dios es totalitario, está en todas partes, todo lo creó, todo lo sabe, todo lo puede. La fe se define como creer en lo que no vemos porque Él lo ha dicho.
Igual que en el Tercer Reich, igual que en el Partido Comunista Soviético. En ellos la realidad se disuelve en vocabularios religiosos.
El Nazismo, como ideología, no era ni nacional ni socialista ni obrero ni solamente alemán, pues aspiraba a dominar el orbe. El Estado soviético no era una unión ni de repúblicas ni socialistas ni meramente soviéticas, es decir basada solo en agrupaciones de obreros y soldados. Así pues, los dos regímenes fueron vaporosos, contradictorios, irracionales, dogmáticos. De semejante talante son los estados totalitarios o que van en ese camino.
En ellos el papel de los líderes es fundamental. Igual que el de los jerarcas en las organizaciones donde el poder se deifique. Estos suelen encarnar las características de las deidades: son redentores de la humanidad agobiada y doliente, exigen veneración y sumisión sin condiciones, no se dejan asesorar, discurren fijamente por el camino de su éxito.
Aquí regresa Kundera, al examinar la obra del mayúsculo escritor de su patria: “el enorme alcance social, político, ‘profético’ de las novelas de Kafka reside precisamente en su ‘no-compromiso’, es decir en su autonomía total con respecto a todos los programas políticos, conceptos ideológicos, prognosis futurológicas”.
Se refiere a él como poeta y puntualiza el campo del que se apartó: “y poco importa que la verdad preconcebida se llame revolución o disidencia, fe cristiana o ateísmo, que sea más justa o menos justa”. Esta es la condición libertina. De este modo se opone auténticamente a la agresividad inmotivada e irracional de la fuerza que ejercen quienes amorosamente quieren dominar al mundo.
