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Esos muchachos desbaratan el mundo. Blanden los machetes y esconden los puñales, que son sus argumentos radicales. Sus bicis son motocicletas sin gasolina, aceleran más que los camiones con litros de diésel. Desde la pantalla engullen el teatro, inventan la realidad, fundan un reino sin mapa.
No se detalla su historia ni se marcan sus fechas ni se nombra la geografía que ellos divisan desde sus tronos harapientos. Pero los espectadores entienden que esa saga es también suya, esos tiempos son hoy, esas curvas y nieblas son Colombia donde el reino no es el reino de los cielos.
La duda se aloja en cada cicatriz sin sutura, en cada camisa que trozan, en esa tierra prometida que germina en oro y escopetas. Las madres son las coperas viejas y gordas cuyos abrazos auspiciosos reemplazan lo que no dio natura. En las etapas sucesivas del asfalto los aguardan sombreros demasiado evidentes, sobre caras curtidas de homicidios.
Pero de vez en cuando surgen seres extraterrestres, calificados de locos o de desmemoriados, que reparten entre ellos y sus perros las candelas de un fogón contra el hambre. Los reyes son atendidos gratis porque debajo de sus cejas se les nota el ímpetu de una dinastía abolida.
La película de Laura Mora no informa, no sostiene un relato cosido con la lógica de los eternos tiempos del despojo. Al contrario, saca del ingenio un modo de narrar oblicuo que tras la tercera etapa del recorrido obliga al espectador a cambiar sus ideas claras y distintas por el flujo turbador de la realidad caótica.
Este es su mérito. No la denuncia de puño en alto sobre una realidad demasiado diagnosticada. Sí la conmoción del alma que surge porque todo colombiano es un sobreviviente, una víctima en diagonal de una matanza enteramente vertical.
El cine de los jóvenes directores sale a la barriada a seleccionar actores malandros. Y con su arte recluta a las enormes mayorías que sienten en memoria propia los despojos ancestrales. Esos reyecitos del mundo se parecen tanto a los bisabuelos expulsados, a los abuelos llegados a mendigar a la ciudad, a los papás en fuga, a las mamás suprimidas con tal de llevar cada noche una arepa contra el hambre.
Por eso no tienen más remedio que batirse contra un mundo, para reconstruir un reino que existe en documentos notariales y en esperanzas por las que vale la pena morirse. Esta actitud los diferencia de los que no nacieron pa´semilla o de los pelaítos que no duraron nada.
Estos reyecitos se juegan los varios pellejos que tienen en una cruzada demente para que se les reconozca la letra de un papel: el documento que comprueba su sucesión dinástica. Entonces son altaneros, entonces se protegen entre ellos como familia de repuesto.
No necesitan esperar veinticinco años para morirse, como Andrés Caicedo. Regalan entre fuegos sus horas extras. Terminan plantando un palo, a manera de cetro, en la exacta coordenada del oro y el exterminio. Y mueren por cuarta o quinta vez, en el momento de su coronación.
