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Hay un auge de vanidad entre los gobernantes y los políticos. No les basta con aparecer en las fotografías rutinarias del poder, multiplicadas por la contratación de un séquito de fotógrafos y expertos en imagen. Figuran, además, con atuendos estudiados para destacarse en medio de los saludos y la histeria de sus seguidores.
Todo parece obedecer a un plan que los hace exhibirse como si la ruidosa adoración del pueblo fuera el asunto más natural. Como si todo recinto, cerrado o al aire libre, fuera la continuación de la vida cotidiana del señor presidente. Este se moviliza bañado por las mieles del espectáculo, reproducidas al infinito por los medios audiovisuales entre los que se destacan las redes sociales.
Un observador imparcial puede advertir que la euforia de las multitudes no es más que una toma de operadores expertos en mostrar aquello por lo que les pagan mejor. Una cámara al hombro y una edición dirigida a lograr efectos que convierten a un grupo casual en una manifestación victoriosa son trucos bien conocidos y empleados hasta la saciedad.
Los detalles son bien cuidados, el político sabe saludar y abrazar a las señoras, halagar a los niños, darles la mano a los hombres como si fueran amigos de toda la vida. Es una obra de teatro al aire libre, repetida en cada salida a la calle o a la plaza pública. No importa en qué ciudad tenga lugar, se supone que todas lo reconocen y lo agasajan como si se tratara del mismísimo Simón Bolívar montado en su caballo luego de liberar cinco repúblicas.
Lo más interesante de este sainete es que el protagonista se come su propio cuento. Se levanta cada mañana mirando cuántos vasallos se apresuran a postrarse para alcanzarle las pantuflas. Revisa cada día en qué lugar del mundo hay una reunión de sus pares en la región y se apresura a subir al avión para que no lo deje el ritmo de la historia.
No importa que esta sed insaciable de figuración le robe las horas que debería dedicar a gobernar. Para eso están los ministros, que le deben obediencia puntual. En realidad, el país le quedó chiquito: él cultiva destinos más altos, galaxias que están esperándolo para que desde ellas arroje su sabiduría sobre el orbe.
Su vestuario tiene que ser renovado, de modo que cada discurso muestre una chaqueta abullonada diferente o un atuendo de íntegro blanco de los que se usan en las zonas tórridas donde toman ron los más alegres de sus súbditos. El señor mandatario ha aprendido su función celebratoria que mañana, tarde y noche lo obliga a juntarse con sus pares, igualmente encopetados.
La vanidad lo lleva a moverse por el globo para codearse con las máximas figuras del poder. Es como si este poder se desgastara si no se exhibe en medio de las masas que prodigan sus aplausos embobados. A todos se les ha subido la golosina de su función mandataria. No imagina uno como será su depresión cuando comprueben que ellos no son más que uno entre la muchedumbre que los eleva más arriba de sus posibilidades.
