Publicidad

La cosecha de puentes

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Arturo Guerrero
09 de mayo de 2026 - 05:00 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Mayo y junio son los meses que protagonizan la abundancia de los días festivos. En este año, junio se da el lujo de no tener sino un lunes laboral, el día 22. Lo antecede mayo, con dos festivos. Por supuesto, de esta contabilidad hay que excluir el primero y el último mes que tienen dos fiestas cada uno. Pero no es gracia, pues cada cambio de año los mitos y las religiones se han encargado de reclamar su cuota de ocio sagrado.

El nombre de puentes para identificar los festivos ha de tener obviamente un origen campestre. Según la imagen popular, el tiempo en que viajamos inexorablemente los humanos, se asimila a un camino cortado por un río caudaloso. Cada trabajador ha de bracear con esfuerzo para pasar de un lado al otro de sus aguas. Quien no lo logra puede perecer en el intento.

Las deidades creadoras del mundo fueron clementes y distribuyeron astutamente esos caminos de tablas que tiemblan, para facilitar aquel tránsito. Son los puentes, gracias a los cuales se puede prescindir del nado turbulento para atravesar por encima de esas ayudas y de este modo ganar un descanso.

Por eso las gentes agradecen cuando en el almanaque aparecen generalmente en color rojo esos días en que no hay que ir a la fábrica, oficina, colegio o universidad. En su mayoría fueron trasladados por una ley colombiana a los lunes cercanos, para que el descanso resulte más generoso.

Entramos, pues, a los meses de mitad de año cuando abundan los puentes. Antiguamente, no todos los hogares contaban con automóvil y las carreteras eran delgadas franjas entre abismos, las familias capitalinas entonces armaban un piquete. Las madres se esmeraban en preparar y empacar un soberano almuerzo para servirlo en algún potrero cercano.

Eran familias numerosas, que a los seis hijos agregaban la abuela, la suegra, el perro, algunos amigos de los hermanos mayores. Tendían un mantel sobre el pasto, en torno del cual se abalanzaban los muchachos hambrientos para pescar cada cual su presa y para apoderarse de la gaseosa de dotación. El infaltable balón o la pelota eran la fiesta deportiva que acompañaba estos convites.

Hoy las cosas son diferentes. Carreteras de varios carriles, amplios recolectores de peajes y abundancia de carros que no se recalientan, como los antiguos. Los paseos son de dos o tres días, los hoteles cuentan con piscinas transparentes y con frecuencia cada familia se mueve en varios carros, pues los jóvenes de antes del milenio ahora son ejecutivos prósperos.

Sea cual sea la modalidad de descanso escogida, la actual cosecha de puentes permite airear a los habitantes urbanos y bajar la dosis de tensión nerviosa propia de la vida moderna. De modo que la temporada de días festivos se convierte en un respiro indispensable para el bienestar del amontonamiento de gentes en que se han convertido las urbes populosas.

Por fortuna Colombia tiene una diversidad climática, culinaria y paisajística, envidiada por habitantes de otras latitudes que no cuentan con nuestra desmesura.

arturoguerreror@gmail.com

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.