Publicidad

La epidemia del rencor

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Arturo Guerrero
26 de junio de 2026 - 05:00 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Hay una epidemia mental en el mundo y Colombia no se libra de ella. Es la maledicencia, que no se puede mirar aparte de su origen en el mal pensamiento sobre los demás. Cada persona se ha convertido en un nudo de rencores que no duda de expresar, cultivar y propagar.

Las relaciones humanas, que antes eran una felicidad en la vida de la gente, poco a poco se han convertido en terreno minado. Todos desconfían de todos, cada cual responde a ese recelo con cargas de profundidad y nadie se salva de semejante guerra sin cuartel.

La gente amable, que antes era así toda la vida, ahora resultó sospechosa de pensamientos y actos que vulneran las amistades. Aquellos desconocidos con los que nadie temía contactar ni cultivar como amigos, se quitaron la máscara y resultaron personas aborrecibles, gentes con los que no conviene intimar.

El mundo poco a poco fue transformándose, de jardín de flores y conjunto de armonías, en zona de batallas, en soterrados campos minados. ¡Ay de quienes no se hayan percatado de esta metamorfosis! Más les valdría encerrarse en sus casas y tapiar las ventanas contra inminentes invasores.

Los antiguos conocidos y compañeros de fiestas y tertulias arrojaron los buenos modales para dedicarse a la maledicencia y a no dejar títere con cabeza. Como se trata de una epidemia, su ponzoña es contagiosa y poco a poco va echando por tierra la antigua inocencia de la gente.

Cuando un miembro de cualquier combo comienza a sembrar esa cizaña, los demás integrantes sienten temblar la tierra e intentan protegerse. Todos se ponen en guardia contra la mala leche. Pero queda sembrada la sospecha, la confianza se va al traste. Vulnerar la buena fe de los amigos es un crimen contra los lazos que han fortalecido siempre la camaradería.

Eso le está sucediendo a Colombia. Se está rompiendo la argamasa que desde antiguo nos identificaba como un pueblo festivo, amable y solidario. No se necesitó una invasión extranjera, tampoco una declaración de guerra. Los cimientos fraternales se han ido resquebrajando, sin que los miembros de esta nación se hayan dado cuenta.

Hoy somos más agresivos, conversamos a los gritos, ponemos zancadillas, miramos a los demás con desconfianza. Tendemos a la soledad, nos refugiamos detrás de las pantallas, nos distanciamos de los abuelos bonachones. Y terminamos aborreciendo incluso a los amores que nos han resistido durante toda la vida.

Se podría afirmar que atravesamos un estado de cosas anticonstitucional. Y que, en consecuencia, vivimos en un país no solo ilegal sino inhumano. El problema ya se volvió político, por eso es tarea de los gobernantes y los hombres públicos hacer diagnósticos y formular medidas para remediar este colapso del pegante fundamental de la colectividad nacional.

Una posible inspiración la dio Luis Vidales en su “Poema de la piedra”: “Yo quisiera saber desde qué época nebulosa del mundo estás dormida... ¡Oh pobre piedra! Yo espero el día maravilloso de una nueva etapa en que vas a salir de tu largo sueño”.

arturoguerreror@gmail.com

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.