Alice Munro, escritora canadiense que ganó el premio Nobel de Literatura en 2013, es una fina observadora de la vida cotidiana de su Ontario natal. Pinta con pocas palabras a su gente, de modo que la hace sentir amiga de uno. “A veces mi madre nos reunía a todos para ver la puesta del sol, como si fuera algo que había colocado ella allí”: esta es su manera de describir los rasgos más comunes, sin caer precisamente en lugares comunes.
Nació en 1931, escribió doce libros de cuentos y dos novelas, hace menos de dos años murió. Es considerada la Chéjov canadiense. En 1971 lanzó su novela La vida de las mujeres que fue publicada en español en el mismo año de su Nobel, bajo el Sello Lumen de Random House. Desafortunadamente esta editorial omitió una palabra importante del título: “Las niñas”.
En efecto, es notable el conocimiento que tiene esta autora sobre el mundo de las pequeñas: “Si sucedía cualquier cosa sorprendente o perturbadora, las zorras podían decidir matar a sus crías. Nadie sabía si lo hacían por indignación ciega o porque se despertaba en ellas un terror maternal; ¿querían poner a sus crías, que todavía no habían abierto los ojos, fuera de un peligro que creían inminente?”.
La familia de esta ficción —que seguramente tiene mucho que ver con la de la autora— había venido de Irlanda, otra rama se había ido a Australia. Pero a todos los cobijaba “la sólida e intrincada estructura de vidas que nos soportaban desde el pasado”. Además, “nadie de nuestra familia había hecho nada extraordinario”, agrega Alice Munro.
A comienzos de la guerra los niños en los colegios cantaban himnos “para ayudar a salvar Gran Bretaña de Hitler. Eran los niños del pequeño pueblo de Jubilee, en el condado de Wawanash, Ontario, el hemisferio norte, el mundo, el sistema solar, el universo, como lo nombraban con orgullo. En esas coordenadas “tenían el don irlandés de la burla devastadora adornada de deferencia”.
Ya de grandes, inventaban teorías estrafalarias, como esta del tío Craig: “La gente está compuesta de partes. Cuando una persona muere, solo una de esas partes, o un par de ellas, se ha agotado. Las otras podrían funcionar treinta o cuarenta años más... De modo que todas esas partes no morirían, sino que seguirían viviendo como parte de otra persona... Todos seremos herederos del cuerpo de otro y al mismo tiempo donantes. ¡Habremos acabado con la muerte, tal como la conocemos!”.
De las cinco religiones que se disputaban a los feligreses, “la católica era la más extremista”. Las tías abuelas de la familia contaban sobre “los esqueletos de los recién nacidos y las monjas estranguladas debajo de los suelos de los conventos... Si no podía encontrar allí el rastro de Dios, al menos podía percibir el rastro de sus viejos tiempos de poder”.
Al final se ofrecen dos versiones sobre el amor y el sexo. La primera, sombría: “Sabía lo suficiente del matrimonio para saber que con él se acaba la diversión”. La otra, enamorada: “El sexo me parecía rendición, no de la mujer al hombre, sino de la persona al cuerpo, un acto de fe pura, la libertad en la humildad”.