Tanto va el cántaro al agua que… se están agotando las personas e instituciones en las que se pueda creer o confiar. Las gentes se arrinconan en sus viviendas porque la vida es un campo de todos contra todos. ¿Corrupción? ¿Mafias? ¿Masacres? ¿Fraudes? ¿Atracos? Bueno, esta es la historia patria. Pero antes… por lo menos había futuro.
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Desde hace una semana, cuajada de vulgaridad, parece no existir porvenir. Para que lo hubiera, debería prevalecer algún presente. Si el presente se acorrala, toda perspectiva se emborrona. Ningún discurso convence porque las palabras se convirtieron en cocas vacías. Así se sofocó la llamita de la esperanza. Y corrió la bola del sálvese quien pueda.
Los políticos son las personalidades más visibles y los responsables de sostener la arquitectura de Constitución y leyes. Huelen a naftalina estas figuras inscritas en notas de estilo. Claro, quienes han sido elegidos para gobernar, legislar y juzgar han de tener la columna vertebral curvada de tanto hacer genuflexiones.
Pero no toda la basura proviene de los políticos. Paulatinamente se aflojaron los resortes de la sensatez entre las capas diversas de la ciudadanía. Si aquellos lo hacen, probemos todos a robar un tris. Antiguamente se decía: “El que no trabaja no come”; hoy la sentencia es: “El vivo vive del bobo”. Y de este modo el país se volvió una sinvergüencería de tiempo completo.
Hasta no hace mucho existían los idealistas, hombres y mujeres empoderados de doctrinas altruistas, capaces de entregar la vida con tal de que la situación cambiara. Uno tras otro fueron eliminados y los sobrevivientes se abrazaron con los matarifes para reunir mayorías en las votaciones.
Se dedicaron al qué, sin importar el cómo. Y el pueblo, que no es bobo, se desanimó del qué y renegó del cómo. El resultado fue lo peor: el derrumbe de la ilusión, la apostasía de todo proyecto. Los analistas le pusieron un nombre largo a esta catástrofe espiritual: desinstitucionalización.
Hoy la principal llaga social no son los muertos entre antiguas facciones guerrilleras, ni los asaltantes que acribillan por un celular, ni el miedo nocturno a cruzarse en la calle con cualquiera, ni el hambre que pide limosna en Transmilenio. Hoy la lacra es anímica. Es el desánimo frente a cualquier causa que tenga lugar fuera de la casa.
A punta de traiciones, se secaron las ganas de juntarse para ser mejores. “Todos son iguales”, es el lema de la nueva política antipolítica. Da miedo publicar dos renglones en las redes sociales porque las jaurías de todos los colores se encargan de hundir los dientes en las carnes ingenuas.
Se extinguieron caridades como solidaridad, buena fe, saludos, honradez. Nadie usa el teléfono para hablar, todos se inclinan ante el rectángulo para espiar la ridiculez ajena y doparse de memes y emoticones prefabricados. La gente es cínica ante el presente y descreída de todo futuro. Antes que el cambio climático, nos mató la orfandad de sueño. Somos víctimas de la extinción de la especie que cesó de desear.