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La guerra ya no es la continuación de la política por otros medios, como lo definió Clausewitz hace dos siglos. En este lapso, las barbaridades consiguientes muestran que las guerras son una cárcel mental para los combatientes de los bandos.
Si batallas y choques fueran una dimensión de la política, el planeta habría mejorado en humanidad. Al contrario, luego de mil modalidades de guerra, hoy los países y sus habitantes siguen divididos y confrontados a muerte dentro y fuera de sus fronteras. Siguen aplicando el “armaos los unos a los otros”.
Los actuales dueños del mundo utilizaron la guerra para dominar. Su instinto y voracidad los guiaron. Los desposeídos intentaron arrebatar el poderío a punta de fusiles. A mediados del XIX una filosofía los dotó de convicciones con pretensión de ciencia de la historia.
Se dijo que las contradicciones entre capitalistas y trabajadores son antagónicas, enemigas. Y que solo se resuelven de modo antagónico, es decir mediante la eliminación del contrario. Con este pertrecho ideológico se formaron guerrillas, células, ejércitos clandestinos orientados a suprimir los ejércitos oficiales.
¡Se armó la gorda! Las huestes enfrentadas, provenientes de las clases pobres, lucharon en calidad de “efectivos”, “unidades”, es decir, números. No se les identificó con nombres de pila sino con escuetos apellidos o alias. Se les escamoteó su naturaleza íntima de seres dignos. Fueron máquinas de guerra, no muchachos con madre, novia, hijos, sueños, amigos.
Tras múltiples escaramuzas sangrientas, el resultado es nefasto. Las clases altas ampliaron sus fuerzas armadas, las dotaron de juguetes sofisticados, les ahorraron varias tareas sucias con ayuda de paramilitares. La sociedad se erizó de balas, miedos, esquematismos.
El principal de estos es la polarización: las gentes no son gente sino fichas pertenecientes a tal o cual bando. Este peculiar fraccionamiento borra la riqueza del componente sensible, transforma al vecino en representante de un partido, de un modo rígido de pensar y comportarse. El hombre recuerda que es lobo para el hombre.
Por eso es trascendental la entrevista de Cecilia Orozco en El Espectador del domingo pasado con el siquiatra Alberto Fergusson. Al aludir a los recientes choques entre policías y manifestantes, este científico con pinta de nobel afirma:
“Es por completo posible y deseable que se comprendan emocional y racionalmente. Los dos grupos confrontados son, de entrada, hermanos biológicos, psicológicos, sociales y culturales. ¿Qué permite que el estigma de vándalo o de policía le impida al otro ver al hermano, al ser humano que tiene en frente?”.
Entonces apunta a “la importancia de observar las actitudes en escenarios distintos al ´campo de batalla´, donde no suelen verse ni rastros de esas expresiones de odio… En muy pocos minutos de conversación, en medio de la cual se reconocen como seres humanos detrás de los roles que asumieron en las calles, el pseudodivorcio (inducido desde afuera, entre la Policía y jóvenes manifestantes) se comienza a disolver. Entienden rápidamente que estaban inmersos en una especie de pelea ajena”.
