¿Son las mujeres el genuino sexo fuerte? El interrogante es oportuno en estos tiempos de galopante feminismo. El cáustico filósofo rumano francés E. M. Cioran las encumbró en uno de sus textos cortos. Luego de calificarlas con severidad, las fijó en una altura que casi nunca concedió a los hombres.
Helo aquí. “Si prefiero las mujeres a los hombres es porque ellas tienen la ventaja de ser más desequilibradas, es decir, más complicadas, más cínicas, por no hablar de esa misteriosa superioridad que confiere una esclavitud milenaria”.
La subordinación de las mujeres a los hombres, considerada esclavitud por Cioran, no existe desde el origen de la especie inteligente. Se remonta a una época estudiada por historiadores, arqueólogos, poetas, expertos en mitos y religiones.
A finales de 1992 la France Press informó sobre un hallazgo en el sur de Italia. Equipos arqueológicos encontraron en una gruta los restos de una mujer embarazada, contemporánea del hombre Cro-Magnon, del paleolítico superior. “Según los expertos, data de hace 24.410 años y se encontraba en un lugar de culto pagano a la ´Diosa Madre´ de la antigüedad mediterránea”, complementó el despacho.
Esta veneración se transformó entre los griegos en culto a Demeter, diosa de la fecundidad. Más tarde la gruta llamada de Agnano, una de cuyas paredes tiene un fresco del siglo XVI, fue santuario de la Virgen María. Esta superposición de devociones conecta una milenaria historia de supremacía femenina con las posteriores mitologías y religiones masculinas dominantes.
Según el prolijo estudio “La Diosa Blanca. Gramática histórica del mito poético”, del inglés Robert Graves, aquellas ceremonias populares de la época paleolítica en honor de la Diosa Luna o Musa fueron corrompidas “al final del período minoico (siglo XV A. C.) cuando invasores procedentes del Asia Central comenzaron a sustituir las instituciones matrilineales por las patrilineales y remodelaron o falsificaron los mitos para justificar los cambios sociales”. En ese entonces comenzó la esclavitud también milenaria de las mujeres.
Desde mediados del siglo pasado la revolución de las mujeres, teorizada por Simone de Beauvoir en “El segundo sexo”, es considerada la única triunfante de cuantas emergieron en esa época convulsionada.
¿Pero, cómo explicar que una esclavitud, cualquier esclavitud, logre conferir superioridad alguna, como lo proclama con misterio Cioran? En parte porque todo esclavo es una potencia de memoria. Trae desde su tierra de origen lenguas, comidas, ensalmos, músicas, bailes, la fuerte huella que durante siglos se grabó en la piel de su alma.
Así las mujeres conservan, sin saberlo en palabras, el eco de cuando eran diosas, lunas, musas. Esa época era nada menos que la de la infancia de los seres inteligentes y soñadores. Son desequilibradas porque como colectividad nacieron fuera de tiempo. Son complicadas porque incluyen la contradicción inicial de surgir a la vida para morirse. Son cínicas porque la ironía es su desquite.