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Por algo la sección del festival de cine de Venecia, en la que Margarita Rosa ganó su premio, se llama Horizontes. Desde cuando se le conocía como Niña Mencha, ella parecía intuir hacia dónde se dirigía su carrera, su vida. Sus crespos eran antenas tendidas hacia los cuatro vientos.
Pero aquella ya lejana intuición tomó cuerpo cuando ingresó a la carrera universitaria de filosofía. Hace dos décadas, el escritor Héctor Rojas Herazo, en entrevista para Jorge García Usta, hizo una afirmación que hoy ilumina esta decisión: “todo conocimiento que adquirimos es siempre, en alguna forma, un conocimiento de nosotros mismos”.
La Mencha hizo de todo para todas las pantallas, obtuvo varios premios, se volvió la actriz más reconocida de Colombia, todo el mundo la quería. En lo que se podría considerar la cumbre de su carrera, resolvió coger papel, lápiz y libros. Y se matriculó a una disciplina abstrusa, filosofía, en una universidad humilde y virtual.
De forma simultánea comenzó a opinar en la antigua Twitter y en videos desde su casa o su carro. Interviene no como actriz, sino como ser pensante. Se fue construyendo una tribuna reflexiva, le duele el país. Todo esto mientras mantiene el alboroto capilar, el esplendor de su cara nítida, una sonrisa sin labios. Y también el licor de la ‘Ranga’, su personaje transgresor.
Es evidente el poderío interior que ha conquistado gracias al conocimiento. Léon Blum, filósofo y político socialista francés de la primera mitad del XX, decía que “un hombre libre es el que no teme ir hasta el final de su pensamiento”. Margarita Rosa de Francisco avanzó en el escrutinio de sí misma, descubrió un océano del saber y hoy constituye un modelo de mujer que no se contenta con las migajas del poder.
Porque no han faltado políticos que en vano le ofrecen cargos. Sus videos no van a canales comerciales de televisión, sino a las redes sociales, libres de publicidad. Y el premio de Venecia se debió a su participación en el considerado séptimo arte. Ella se aferra a un horizonte que está construyendo a pulso.
Su incursión en la disciplina de los grandes pensadores no le ha modificado su lenguaje. Evita la jerga de los académicos, tan ampulosa y frecuente en el ambiente universitario. En contraste, hace uso del habla cotidiana y la desarrolla con la fluidez y gracia de la actuación donde se ha destacado toda la vida.
Quién sabe a qué praderas la llevará el final de su pensamiento. Lo cierto es que se orientó por el buen cauce y que tiene en sus manos todas las condiciones para serle fiel e insobornable.
Este conjunto de cualidades la separa del remolino de la farándula, tan apetecido por los grandes medios de comunicación. En él se han hundido muchas vedettes que viven de exhibir sus amoríos y alimentan a los cazadores de escándalos.
Margarita Rosa, con su nombre de dos flores, a sus 58 años aumenta la calidad y calidez de su presencia pública. Así lo ratificó el jurado internacional de Venecia que la eligió como mejor actriz.
