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La otra vida de los sueños

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Arturo Guerrero
17 de abril de 2026 - 05:00 a. m.
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Los sueños son la otra vida que dura una tercera parte del tiempo por el que atraviesa cada ser humano. Se le ha dado demasiado énfasis al hecho de acordarse de los sueños, como si ese recuerdo constituyera la esencia de la actividad nocturna. En realidad, el recuerdo no agrega mucho a la sustancia onírica, de la cual nadie se libra.

Ponderar la importancia de los sueños solamente por el hecho de si al día siguiente nos acordamos o no de su contenido es subvalorar el territorio autónomo a través del cual nos desplazamos mientras dormimos. En el fondo, esto equivale a convertir los sueños en apéndices del pensamiento consciente.

Suponemos que la conciencia clara es la más excelsa cualidad de nuestro cerebro. Y esto lo hacemos porque no aceptamos el hecho de perder el control sobre íntegras las operaciones que circulan por nuestras cabezas. Así les damos la espalda a esos contenidos estrafalarios que circulan mientras dormimos.

¿Habrá otra prueba del engreimiento de las funciones que podemos mantener bajo nuestro dominio? Es como si tuviéramos la facultad de originar a voluntad todas las capacidades de las circunvoluciones alojadas en el órgano del intelecto. Como si fuéramos diosecillos del entendimiento.

En la realidad, la escuela racional ha dominado el transcurso de la humanidad, hasta el punto de hacernos creer que somos únicamente un artefacto pensante que acumula y mezcla solamente contenidos derivados de la inteligencia clara y distinta. Obviamente esta creencia nos ha inflado el orgullo, al dotarnos de un manejo suficiente e íntegro de los frutos del ingenio.

Pero los sueños no se dejan encerrar en semejante maquinaria. Ante ellos somos inválidos, no solo porque la mayoría de las veces no los recordamos al día siguiente, sino porque cuando nos vienen a la memoria no tenemos idea de cómo interpretarlos. Y de ahí el negocio fértil de brujos y pitonisas.

Sería preciso agachar la cerviz y reconocer que no mantenemos dominio sobre la tercera parte de nuestra vida diaria. El primer paso sería bajarnos del orgullo omnisciente. Para eso bastaría con comenzar por lo más fácil, por el reconocimiento de nuestra ignorancia. Cada mañana temprano haríamos conciencia de regresar de comarcas misteriosas.

En piyama descendemos de una dimensión desconocida, como si desembarcáramos de la hazaña de Cristóbal Colón. ¿Quiénes son esos seres de taparrabo, que no caben ni en nuestros recuerdos ni en nuestra imaginación? ¿Acaso no éramos los dueños del mundo, los únicos habilitados para saber de dónde venimos y qué misión desempeñamos entre los árboles?

Luego de esta observación, no hay otra salida que la humildad. No somos todo lo que creíamos ser, existen fuerzas que no controlamos, la inteligencia es negligente. Los sueños nocturnos merecen más atención porque también somos ellos, y más vale deponer las ínfulas de la inteligencia para dar paso a las claridades turbias de lo que soñamos.

arturoguerreror@gmail.com

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