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La política reducida al entusiasmo

Arturo Guerrero

22 de mayo de 2026 - 12:00 a. m.

La nota favorita de los candidatos a las próximas elecciones es el entusiasmo. Casi todos presentan documentales con portentosas manifestaciones llenas de banderas de Colombia y gritos de sus seguidores animando a votar por su jefe político. La exaltación es desbordante.

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Muy pocos incluyen los planteamientos por los que vale la pena escoger a este y no a otro aspirante al alto cargo. Su realización es lamentable. Aparece en primer plano la espalda abultada de un adepto, que esconde la cámara profesional con la que un camarógrafo lucha por captar el momento.

Todo se resuelve con gritos y banderas que bien pueden corresponder a desfiles antiguos o a actos que no tienen que ver con el político que se quiere promover. El objetivo parece ser despertar el arrebato en torno a un nombre. Se pretende que el frenesí mostrado por la imagen se traslade a los potenciales electores.

Así se mueve aquí la política: como un espectáculo digno de los fanáticos del fútbol. Dada la realidad nacional, entre nosotros se agrega un ingrediente que aumenta la exaltación. Es el chaleco antibalas, de color negro, que precariamente cubre algo del tórax. Los políticos lo exhiben como un trofeo. Saben los delirios de imaginación que suscita. Saben lo que agrega ser mártir.

Pues bien, la política no puede reducirse a un entusiasmo. Tratar al pueblo como una masa proclive al halago es rebajarlo a un mero ser sintiente que esquiva el pensamiento y la reflexión. Rebajar la política a torneo equivale a despojarla del acervo creativo acumulado por la humanidad.

Cuando los antiguos fundaron la política pensaron en un arte y una doctrina. Querían llegar a la mejor manera de dirigir el Estado y los asuntos públicos. Advirtieron que los humanos somos diversos, egocéntricos y contradictorios. Y, por lo tanto, para compartir en comunidad necesitamos normas.

Entre nosotros coloquialmente hablamos de vivir “como perros y gatos”, cuando algún grupo no logra construir y acatar esas normas. Eso es la política, cada sociedad a lo largo de los siglos ha fraguado unas reglas y ha tomado las que le conviene de las conquistadas por los antepasados.

De ahí que este acerbo no puede tomarse como asunto de delirio o frenesí. No se maneja únicamente con entusiasmo, por más caribeños y folclóricos que seamos. Cuando un candidato levanta su campaña en torno de símbolos y frases altisonantes, está degradando la política y menospreciando a su gente.

Cada campaña debería ser un certamen de ilustración sobre la cosa pública y de fogosidad en torno de las maneras de convivir con responsabilidad y alegría. Nuestros bailes ancestrales y contemporáneos no han de reducirse al coqueteo de buscar pareja. Tendrían además que celebrar la gala de ser habitantes del mejor país, de las tierras más generosas.

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De los paisajes cantados por Aurelio Arturo: “Yo amé un país que es una doncella, un rumor hondo, un fluir sin fin, un árbol suave”.

arturoguerreror@gmail.com

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