El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

La siembra de la pandemia

Arturo Guerrero

30 de julio de 2021 - 12:00 a. m.

Falta mucho para identificar las marcas del virus. Si bien todavía hay contagios físicos, su saña en otros órdenes de la realidad apenas comienza a detectarse. Ese legado comienza con el pesimismo. A muchos les cuesta trabajo considerar que su mal no es eterno. “Tendremos virus para largo, no crean que esto ya pasó”, así razonan los infectados en el ánimo.

PUBLICIDAD

No valen argumentos para desmontarlos de esa visión aciaga. Que las vacunas avanzan geométricamente: “no señor, la mitad de la gente no quiere inyectarse porque creen que les meten otras enfermedades”. Que con dos dosis uno se siente blindado: “¡cuidado! La variante delta es peligrosísima, se ríe de las actuales vacunas”.

Que el país superó la tercera ola y las Ucis no están repletas: “¿Acaso no ha oído que pronto viene la cuarta ola?” Que la economía está abierta y la mitad de los hinchas pueden ir al estadio sin peligro: “¡Ja! Por salvar las empresas y alborotar las barras bravas, no demoran en volvernos a encerrar”.

No hay rendija por donde penetrar estas agrias fortalezas mentales. Cada cual recuerda un ejemplo contundente, la tía que murió en catastróficas condiciones, el amigo vacunado que se sofoca entre tubos, los suegros que salieron de la Uci solo para perecer a los pocos días por una comorbilidad.

En suma, el coronavirus pintó el porvenir de color morado. Son innumerables las personas que fallecen por causas en apariencia ajenas a esta peste. En realidad se van por una causa muy relacionada, la atmósfera mortífera que se respira en redes sociales, noticias, chats. Y en llamadas telefónicas con anuncios personalizados sobre un familiar, amigo o conocido que acaba de pasar al otro toldo sorpresivamente.

Ni hablar del corte drástico perpetrado sobre la sociabilidad. No es solo la molestia de haber suspendido visitas, tertulias, paseos, fiestas con el círculo de los amigos que son los hermanos del alma. También pesa mucho la perspectiva de no ampliar este círculo de los afectos, pues las mascarillas borran las identidades en calles, parques, mercados, ascensores, en fin, en los sitios aliados de la casualidad.

Poco a poco las gentes fueron encascarándose. Se metieron en madrigueras como osos en invierno. Se enfrascaron en peleas hogareñas, que se agigantaron al no encontrar escapatoria. El primer timbre del teléfono fastidia, rompe una soledad infiltrada donde antes había ganas de actualizar cuaderno con los demás.

Cayó la bomba atómica y convirtió a los animales sociales en átomos. Lo peor es que después de algunos meses de contrariedad, la naturaleza humana se acomodó a la nueva situación hasta el punto de que hoy nos gusta ser islas. En latín se hablaría del homo foraneus, huraño o arisco como quien vive fuera de su tierra. Es la capital siembra de la pandemia.

¿Cuánto demoraremos en reaprender el enlace espontáneo y placentero con los sobrevivientes del Coronavirus? ¿Será necesario programar jornadas de entrenamiento para mudar nuestra reciente piel arisca?

arturoguerreror@gmail.com

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.