También podría llamarse zona oculta. Similar a la Franja amarilla de William Ospina o a la Ola verde de Antanas Mockus. Invisible para las encuestas, esquiva a las maquinarias y caciques de elecciones. No se deja contar, se asoma precavida.
A dos semanas de las urnas, esta masa arisca rumia una indignación dirigida contra la historia entera de este país que no ha dado a sus hijos más que matanzas, trampas y repugnancias. No orienta su asco contra los ultras de los dos bandos contrapuestos, porque eso sería entrar en la lógica del exterminio.
Más bien observa. No decide todavía su voto. Los debates entre candidatos la fatigaron pues son la repetición de las garroteras de la radio o la insipidez de un reality entre egos.
Presiente que la elocuencia no es la medida para calibrar el aire de un buen gobernante. Una cosa es la velocidad de pensamiento y otra la fibra necesaria para comandar la cosa pública.
Sospecha que las cifras del DANE tampoco son dignas de reverencia cuando se trata de argumentar a favor del desempeño en los cargos públicos. Cada mandatario encuentra el dato para exaltar los tres, cuatro u ocho años de su paso por el cetro del país de las maravillas.
Prefiere escudriñar en la médula espinal de los postulantes. En la ideología, las influencias, los modelos de sociedad y de ser humano, que cada cual lleva clavados en lo hondo de su ser. Esta capa de personalidad es inocultable, por más maquillaje que espolvoree la propaganda.
De ahí que olfatee los programas de campaña con la sonrisa que se otorga a las promesas de cumbiambera. Se sorprende de que cada quince días los aspirantes cambien sus conceptos según como sople el viento. Intuye que los principios de estos son sus finales y sus finales son dictados por la libido del poder.
Oye los sondeos y advierte los brincos de garrocha que de repente da uno u otro candidato. Saltan del quinto al primer lugar, del cuarto al segundo. Entran y salen de la probable segunda vuelta, como invitados a una fiesta aturdida.
Reflexiona: las encuestas miden votos de maquinarias y adhesiones de partidos envejecidos. Incluyen tal cual ciudadano descaminado. Pero en realidad reflejan las dudas y temores de los sospechosos de siempre, que son quienes pagan por los números y curvas con que saben moldear las expectativas.
¿Quiénes componen la zona silenciosa? Nadie lo sabe de manera matemática. Todo el mundo lo adivina de manera bruja. Quizás están en las filas inusuales de los recientes inscritos, millón trescientos mil incógnitas. Quizás entre los muchachos que estrenan cédula y que son tumbas para sus padres, sus gobernantes, sus maestros.
Sin duda están entre los desengañados de todas las formas de lucha política que han conocido el país y el mundo desde cuando peroraron Cicerón y César, los papas y los reyes, Maquiavelo y Robespierre, Hitler y Stalin, Laureano y Tirofijo. Su común denominador fue la aniquilación. Su fracaso, una civilización extenuada.