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Las colombias perplejas y los niños de la selva

Arturo Guerrero

25 de mayo de 2023 - 09:00 p. m.

Colombia son muchas colombias. Una de ellas es el Amazonas, donde crece la selva más grande del mundo. Sucede que las colombias de Colombia no conocen la Colombia de esta selva. Creen que allá, entre árboles, todo es crueldad, hambre, tigres, pantanos espantosos.

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Piensan que los soldados de las Fuerzas Especiales, sin soltar un minuto sus fusiles marciales, van a descubrir las trochas, caños, raudales, serranías por donde huyen despavoridos los niños de la avioneta siniestrada. Imaginan que lanzando kits de supervivencia occidentales los alimentarán antes de que los devoren los jaguares.

Las colombias de ciudades se asesoran de otros indígenas para que les hablen desde helicópteros y les rueguen que se queden quietos pues los rescatistas los llevarán de regreso a San José del Guaviare, donde está la salvación, el Puesto de Mando Unificado.

El presidente de todas las colombias se retracta de haber anunciado en tuiter que los cuatro niños aparecieron y están a salvo en el Instituto de Bienestar Familiar. Poco falta para que sean declarados héroes y se les abra un espacio de su estatura en el Centro de Memoria Histórica.

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Lo que desdeñan las colombias de Colombia es que esas extensiones bautizadas con nombres que se pueden tararear –Araracuara, Mapiripán, Chiribiquete, Inírida, Taraira, Apaporis–, son tan antiguas y curtidas como las geografías con prosaicas denominaciones en español.

Ignoran también que en aquellas lejanías de los indios viven culturas distribuidas en tres mundos superpuestos, el de arriba, el intermedio, el de abajo. Que hay relación estrecha entre los pisos de esta realidad triple, cuyos habitantes van y vienen, se encarnan en animales malignos y benignos, viven sus muertes de modo natural.

El primero de mayo pasado, mismo día del colapso de la avioneta, se presentó en la Feria del Libro de Bogotá la novela “Gente que camina” (Ícono Editorial, 2023), de la narradora y poeta Mariela Zuluaga, llanera de Villavicencio. Es la gesta de un joven nukak makú, casi un niño, que recorre solitario la selva del Guaviare en busca de su familia nómada extraviada.

¡Ah!, si los esforzados rastreadores de los niños accidentados entre Caquetá y Guaviare hubieran leído este libro, habrían tal vez comprendido el alma de estos pequeños acostumbrados a los lógicos misterios de la selva. Sospecharían que Lesly, la mayor, es más que una niña una mujer de 13 años, y natural conocedora de que “allá se siente mucha alegría porque no hace falta nada y están los micos, los paujiles, los peces, los saínos, la miel, las pepas de monte, los gusanos y los senderos para trasladarse de un lugar a otro”.

Entenderían que la brújula que orienta a esas gentes que caminan es la altura de las palmas, a donde trepan ayudadas por bejucos que trenzan como anillos. Y cómo desde semejantes miradores rectifican sus extravíos de las rutas que son suyas desde el inicio de los tiempos, antes de que las colombias se llamaran Colombia.

arturoguerreror@gmail.com

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