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Las ferocidades del verbo y la degradación del pueblo

Arturo Guerrero

17 de mayo de 2024 - 12:00 a. m.

Hay combinaciones fatales para la salud mental colectiva. Una de ellas sucede cuando se mezcla el envilecimiento de las palabras con el desgaste y abuso de la noción de pueblo. Entre nosotros la palabra se está utilizando desde las redes sociales para asesinar virtualmente a quienes no piensan como el que escribe quiere que todos piensen.

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Ni siquiera existe diálogo, porque para que lo hubiera se requeriría un mínimo de comprensión de lo que el otro escribe. Sencillamente se toma al vuelo un concepto sacado de contexto, una simple alusión a un lugar común generalmente de la política y de inmediato se disparan misiles de repugnancia para destruir al que se presume contrario.

De este modo, las ferocidades del verbo envenenan la atmósfera espiritual de la que todos respiran. Y los aludidos se llenan de miedo, pierden el sueño, ensombrecen sus motivos de vivir. Así se hace invivible una patria. Antiguamente los adalides amenazaban con hacer invivible la república y en pocos años subía la contabilidad física de muertos.

Hoy, además del funesto inventario tradicional de cuerpos -body count-, quedan aniquiladas dentro de los hogares innumerables almas. Es el aire social el que se vuelve asfixiante y son las ganas de vivir las que se transforman en pánico. En la calle cada transeúnte se convierte en país enemigo. Y no solamente porque robe o atraque con cuchillo, sino porque suprime con la mirada el ánimo esencial.

Es entonces cuando se hace grave la alteración del concepto de pueblo. Surge como un manoseo o abuso del mismo para ponerlo a significar lo que no designa. Es uno de los maltratos preferidos por los políticos que se revelan como incapaces de dirigir la pujanza colectiva aporreada.

Cuando las palabras se han degradado hasta torpedear la paz pública, los gobernantes están obligados a reconstruir los cimientos de la convivencia síquica vapuleada. Entonces se les iluminan las cifras de votos con que fueron elegidos y automáticamente las convierten en “el pueblo”.

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Olvidan que ese “pueblo” es apenas un fragmento del país; suponen que esa fracción acaba de llegar al planeta, echan a un lado las instituciones y los modos gracias a los cuales la sociedad se ha ordenado y consolidado a lo largo de siglos. Así llegan a una devaluación del título de pueblo.

De este modo, los mandatarios se cobijan bajo un prestigio espurio y, con menos de un tercio de la población que los endiosa, se sienten César, Alejandro Magno y Napoleón. Entre tanto, las gentes siguen en sus medias vidas opresivas y sobreviven vapuleadas en medio del fuego cruzado de los odios virtuales y reales.

Tanto en las ferocidades del verbo como en la degradación del pueblo se perpetra un atentado contra los resortes de la comunicación. Y cuando entre cincuenta millones de habitantes no es posible comprender y respetar un mismo idioma, cunde el desconcierto y no es dable acunar la solidaridad ni entonar con Horacio Guaraní una inmortal canción al infinito.

arturoguerreror@gmail.com

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