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Las muchas maneras de contar

Arturo Guerrero

20 de marzo de 2026 - 12:00 a. m.

Un libro titulado Cuentos caníbales, que se presenta como “Antología de nuevos narradores colombianos”, publicado por Alfaguara en 2002, invita a recorrerlo entre brincos sobre sus frases deslumbrantes. Más que la anécdota de cada uno, valen la pena esas maneras de contar que exhiben estos escritores. Al final, cada lector opinará qué tan caníbales resultaron.

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Comienza Sergio Álvarez con este destello: “ella me humilló en un par de ocasiones rozándome con la frondosidad de sus carnes, pero yo, firme en mi castidad capitalista”. Más adelante, un personaje confiesa que “tuve deseos de sacar mi pistola y volver a matar a todos esos muertos”.

Pedro Badrán, en uno de sus cuentos del mar de su libro Hotel Bellavista, el cual eternizó este refugio de andariegos frente a la playa, incluyó esta extravagancia: “Iba a comerse a todas las mariaclarasfuentesnavarros del mundo”. Y ya entrado en exageraciones, continuó: “muchos años después, pero no tantos para ser más precisos”.

Juan Carlos Botero se fajó la siguiente descripción de una ballena: “Parecía interminable: la cabeza plana del ancho de una cama… el cuerpo más largo que un bus escolar... la cola semejante a la de un avión... desplazándose enorme con la solemnidad de un monarca... Calculé que medía más de nueve metros de fuerza milenaria... (iba) montado como si estuviera cabalgando sobre un dinosaurio marino”.

Jorge Franco intercambia experiencias con una mujer que no ha visto sino en sueños. Y se pregunta: “¿Si María no fuera una mujer sino el compendio de todas las de antes, de todas mis algunas?” Santiago Gamboa instruye sobre cómo lograr buenas historias: “A veces las mejores historias pasan entre los personajes secundarios... El buen cazador de historias debe evitar al máximo lo que a primera vista parece más provocativo. Debe esperar agazapado”.

Mario Mendoza ausculta el alma de los marinos antiguos. Así los caracteriza: “Ustedes están enamorados del agua... no conocen el amor entre seres humanos... Todo el universo estaba distribuido en los múltiples compartimentos de mi interioridad. Dejé entonces de nombrar el mundo para ser el mundo... Había perdido la facultad de comunicarme con los demás y permanecía con la mirada extraviada, contemplativo, observando el vacío”.

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Luis Noriega dice que “todo lo necesario para seducir a una chica se aprende antes de los treinta años”. Edgar Ordóñez pone a caminar a uno de sus personajes “con pasitos de bebé senil”. Enrique Serrano opina que “los hombres felices no están para dejar muchas huellas sobre la tierra”.

Ricardo Silva habla de “una prostituta regenerada que, después de penar hasta la locura (“yo, aquí, pene que pene, dijo”,) una tarde encontró a Dios”. También ironiza: “la más humana de las aspiraciones humanas: la de salir por televisión”. Antonio Ungar cuenta sobre los extraños atchenos, guerreros come hombres de Oriente. Y Juan Gabriel Vásquez vio a un personaje que “se pasó la mano por la cara, se la miró como si sus facciones se hubieran quedado enredadas en su palma”.

arturoguerreror@gmail.com

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