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La historia de Colombia es la repetición de la repetidera, igual que la novena de navidad que hoy comienza. “Lirio de los valles, bella flor del campo; rey de las naciones, Emmanuel preclaro; ya la oveja arisca ya el cordero manso”. Frases que son como mantras. Pocos las entienden pero cada niño las graba en su memoria. Así, nuestro pasado; así el himno nacional con su gloria inmarcesible y sus cabellos que una virgen cuelga del ciprés.
Son tantos siglos forjados en el idéntico sonsonete de indios, esclavos negros, virreyes, encomenderos, guerras de libertadores, guerras civiles, conservadores, liberales, chulavitas, guerrilleros, Frente Nacional, paramilitares, narcos, mafiosos, pundonor militar, excelentísimo señor presidente.
A finales de mayo, a escasos dos meses de terminar el anterior gobierno, el tuitero @MamerMoure se consagró con la siguiente síntesis de la tragedia nacional: “Lo peor que le puede pasar a Colombia le está pasando hace rato”.
Merecería algún premio literario: comprimir en trece palabras el pasado prolongado y el presente reiterado. Este trino debería ser inmortalizado en el frontispicio de los excesivos palacios presidencial, capitolio y de justicia. Así los turistas comprenderían la cara tiesa de los vendedores de maíz y de las señoras que alimentan las palomas.
Tal vez a su lado habría que esculpir el interrogante más revelador de un perspicaz dirigente político: “¿El poder para qué?” En efecto, en él está escondido el motor de la historia colombiana. El poder ha sido un botín, semejante al de los piratas de ojo tapado y pata de palo que marchitaban los mares y las costas de la colonia.
Los bucaneros de hoy mantienen idéntica filosofía. El país de un sol perpetuo, dos océanos, tres cordilleras, cuatro minerales, cinco cosechas, está disponible para que los vivos vivan de los bobos. Los vivos resolvieron que el poder era para dos cosas: enriquecerse y atornillarse en él.
Tras un siglo de guerras civiles y pirámides de cráneos, consideraron que no hay cama pa´tanta gente e inventaron turnos que llamaron alternación. Azules y rojos resolvieron hacerse pasito: cuatro años para ti, cuatro para mí. Lo importante era llenar los bolsillos, pues la presidencia y la burocracia podían aguardar relevos.
De repente el populacho vil y enfurecido se alborotó, fundó sindicatos, después guerrillas y manifestaciones en las calles. Contra eso echaron mano de militares, paramilitares, dueños de tierras y empresarios que ponían la plata, traficantes de drogas que por debajo de cuerda aceitaban la maquinaria ilegal y antisocial, y abrazaban con fervor subrepticio las instituciones.
Por eso lo peor está pasando hace rato. Por eso hicieron trizas la paz, cuando había que hacer trizas la guerra. De ahí que la bella flor del campo, el cordero manso y los cabellos colgados del ciprés están siendo sustituidos este fin de año por el “no le pegue a la negra” de Joe Arroyo, porque esta sí es la historia nuestra, caballeros.
