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Lo que deja la tempestad

Arturo Guerrero

21 de enero de 2021 - 09:56 p. m.

El ascenso y la caída de la extrema derecha mundial —y nacional— dejan en claro ruinas y aprendizajes, antes no tan tangibles. Para cierta izquierda exquisita, tipo Susan Sontag, daba exactamente lo mismo que gobernaran en USA los republicanos o los demócratas. Los dos partidos se tapaban con la misma manta neoliberal y antipueblo.

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Entre nosotros, igual. El bonachón de Belisario era exactamente la copia política del terrible Turbay con su Estatuto de Seguridad. La revista de izquierda Alternativa, en los años setenta, llegó a mezclar estas dos caras para engendrar lo que llamó “El Turbosaurio”, en una carátula como para enmarcar.

¿Quién en sus cinco sentidos doctrinarios se atrevería hoy a identificar a Trump con Biden? ¿Quién, en la Colombia de hoy, es capaz de poner en el mismo plato al Santos del Acuerdo de Paz, con el Uribe uno, dos y tres de Duque o con el cuatro del delfín Tomás?

Para eso sirvió Trump, para mostrar desnudos y lacrados los principios y valores que impulsan los ultras de derecha. Para eso está sirviendo el subpresidente colombiano, para hacer patente, a pesar de las pruebas borradas, que las masacres colectivas o con cuentagotas son una consigna de Estado, una práctica de cazadores de nazis implantada entre nosotros por funcionarios de un gobernante casi angelical y reimplantada dos veces en el XXI por quien no se puede nombrar.

Cuando el mundo inhala contento la reciente atmósfera del desplome trumpiano, el pensamiento, intereses y tácticas de los ultras de derecha son tan nítidos como los cielos matutinos de este enero sobre la sabana de Bogotá. El viejo expresidente tensó la fibra de su partido y exhibió los cachos y melenas a donde conduce la triste herencia supremacista y esclavista.

Por estos lares subdesarrollados está ocurriendo, como espejo, similar fenómeno. Cada día el submandatario, con el sol ya a las espaldas, posesiona en algún cargo de control a un compañero de pupitre escolar o de jugadita con balón o de canto vallenato. Se autocontrola por decreto, se apodera metro a metro de los resquicios del poder y del contrapoder. Deja ver su hambre.

¿Para qué tanta avidez? Para añadir más acres, para perpetuar una dinastía, para engordar arcas a las que no les cabe ni un tinto. Así son, así han resultado expuestos en sus carencias afectivas infantiles y sus glotonerías heredadas.

Hoy no queda disculpa para no identificar los campos de contienda política. No da lo mismo votar o no votar, ni votar por uno o por otro. Es preciso abrir un poco los ojos, ojalá ilustrar la memoria con la historia de siempre y la de ahora. Y salir del desgano y del cinismo, porque está en vilo la vida, el planeta, el presente y el futuro.

Si en las siguientes elecciones la gente corriera a las urnas con la mente y las tripas asqueadas con lo sucedido en los recientes años, nosotros y los hijos de los hijos habitarían un país y un mundo donde vivir no sea un riesgo de puñal en cada esquina.

arturoguerreror@gmail.com

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