La música es capaz de cambiar las palabras. Se necesita tener oído de cañonero para decir aperturar en vez de abrir, como suelen bestializar algunos juristas y militares. Las canciones populares resucitan términos olvidados y no dejan morir los verbos. El cienaguero Guillermo Buitrago entonó “yo quiero pegar un grito vagabundo”. En seis palabras le dio nueva vida a pegar, que no es solo adherir, e hizo tronar el grito con un adjetivo recién llegado.
Por eso Víctor Hugo dijo de la música que “es un ruido que piensa”. Colombia sería de este modo un conglomerado de gente inteligente. En cada lugar de este territorio hay una casita muy visitada. Es donde nació el creador que los pone a bailar o a corear. Algunos son analfabetas, otros son ciegos, y se agigantaron porque dominan el arte de los sonidos.
Elías Canetti, Nobel de Literatura 1981, reconoció un papel político a la música. “Inventar una nueva música -escribió en Provincia del hombre- en la que los sonidos contrasten con las palabras del modo más vivo posible; y que de esta manera, cambien las palabras, las rejuvenezcan, las llenen de un nuevo sentido. Por medio de la música quitarles a las palabras su peligrosidad. Por medio de la música cargarlas de nuevo peligro. Por medio de la música hacer a las palabras odiosas, queridas. Por medio de la música hacer saltar en añicos las palabras; unirlas”.
Cuando una palabra ingresa en el aura de la música, pierde su potencia de mordisco. Entra bajo el misterio dulce de unas notas que la pacifican y que por eso la hacen más eficaz, más emparentada con las vibraciones del corazón. Si un guitarrista o un violinista les pusieran banda sonora a los insultos, estos se arrodillarían como un perro amaestrado.
De ahí que la música transforma las palabras, las desarma. Harían bien los ejércitos si llevaran entre sus filas a poetas y a diestros del pentagrama. La fábula de las ratas y el flautista de Hamelin se haría realidad en el trance de matarse los hombres unos a otros. En vez de hacer tronar sus armas, saldrían a bailar entre ellos, en mitad de las trincheras, como sucedió en el célebre momento de la tregua de Navidad de la Primera Guerra Mundial.
No se sabe si el calificativo de maestros que se les otorga a los músicos es satisfactorio. Los maestros son los que enseñan en los centros educativos. Su actividad es digna, pero con frecuencia está separada de la música. Decirles maestros a los músicos puede desdecir de su encumbrada posición emparentada con los demiurgos [en la mitología platónica, seres divinos que armonizan el universo].
Dichoso un pueblo que canta y cuenta con muchos artistas de las notas musicales. Ha de ser una grey apaciguada, que entona cantos apropiados para cada una de sus faenas domésticas y públicas. Su energía se hará oír por las sabanas y montañas vecinas, de manera que los visitantes se dejen embriagar por su acogida entre acordes.
Paul Verlaine, en su Arte poética, pronunció el veredicto definitivo: “La música antes de cualquier otra cosa”. Y a los colombianos nos resulta fácil cumplir, porque somos una raza que siempre tararea.