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Lo que ni se compra ni se vende

Arturo Guerrero

26 de agosto de 2022 - 12:00 a. m.

Sucedió en un país del tercer mundo. Uno parecido al nuestro: desigualdad, pobreza, falta de oportunidades. Ganó las elecciones un presidente de origen obrero que logró sacar de la miseria y penuria a veinte millones de ciudadanos. Luego de dos períodos, una acusación de corrupción maquinada por opositores, lo sacó del tablero.

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El sucesor resultó ser un exmilitar de ultra derecha que escandalizaba al mundo cada vez que abría la boca. Los escrutadores vieron que buena proporción de la nueva clase media, resultante de la buena administración anterior, había otorgado su voto a este mandatario brumoso. Así, le había dado el triunfo.

¿Ingratos? ¿Ambiciosos? ¿Analfabetas políticos? ¿Cómo explicar esta conducta antipopular, si ya eran ciudadanos con trabajo, salario aceptable, vivienda, etc.? “Es la cultura, imbécil”, habría respondido un analista que hurgara en el fenómeno desde otra perspectiva.

En efecto, el equipo del presidente obrero había puesto el énfasis en el desarrollo económico, descuidando otras dimensiones del desarrollo. Se le dio pan al pueblo, sin añadir el libro del que hablaba el poeta García Lorca. De este modo las gentes recién llegadas a la vida decente no tuvieron oportunidad de preguntarse para qué sirve tener una vida decente.

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A los campesinos se les devolvió la agricultura pero se les esquivó la cultura. A los desempleados se les abrieron ocupaciones pero se les cerraron los horizontes de la inteligencia. Llegó el progreso pero no se supo qué hacer con el progreso. Hace casi medio siglo Nicolás Gómez Dávila había vislumbrado estas paradojas, que plasmó en un lenguaje rotulado: “La sociedad industrial comunista y la sociedad industrial capitalista aplastan al hombre bajo el mismo peso”.

Se atrevió incluso a hacer un vaticinio: “el futuro próximo traerá probablemente extravagantes catástrofes, pero lo que más seguramente amenaza al mundo no es la violencia de muchedumbres famélicas, sino el hartazgo de masas tediosas”. Este escolio parece el guion para las imágenes de nuestros recientes Días sin Iva.

Filas a la entrada de los almacenes donde se vende de todo, salida triunfal arrastrando el carrito con el televisor enorme, eventuales saqueos que no logran controlar los vigilantes… la miseria estética y moral de la clase media. Nadie se hace la pregunta ¿para qué tener? Hay que comprar por comprar, como se ve en las jornadas con rebajas de los shopping malls norteamericanos.

¡He aquí el progreso! Entre nosotros se ha acuñado una expresión que lo perfila con vivacidad: salir adelante. El vendedor ambulante quiere salir adelante y sacar adelante a su familia. La cajera de supermercado, abandonada por el marido, se sacrifica para que sus hijos estudien y salgan adelante. Es la vida concebida como un camino donde las mayorías van atrasadas.

Y cuando los de atrás consiguen salir adelante, descubren que todavía hay más adelantes. Han carecido de una cultura que les ilumine de qué se trata la vida, cuál es el papel de ciertos valores que ni se compran ni se venden.

arturoguerreror@gmail.com

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