Nos abruma la elegancia. O, más que la elegancia, la presunción de elegancia. Personajes del alto mundo han resuelto aparecer en público, no con la figura que siempre ha visto la gente, sino ataviados de modo extravagante. Lo tienen todo en la vida, solo que algo por dentro de sí mismos los empuja a ser vistos como árbitros del refinamiento.
La camisa es su prenda preferida. Siempre distinta, como si se cambiaran varias veces al día. Muy florida, colorida, acentuando figuras que parecen pintadas por artistas consumados. Ofrecen un aire de despreocupación, pues en secreto hacen creer que el portador es millonario y que su capital no tiene límites.
Sobre ellas, las chaquetas y bufandas son otro despliegue de la moda entre casual y solemne. Es como si la celebridad tuviera algún pacto secreto con uno o varios almacenes de novedades, para lucir como maniquí de íntegras las piezas que ofrecen. Los observadores se preguntan: ¿para qué presume de su ropa este individuo tan conocido por su trabajo exitoso en un oficio que no tiene nada que ver con la usanza de atuendos?
Alguna fuerza interior muy potente debió de empujar a estos notables a saltar de la celebridad de su oficio de siempre, para ensayar el brillo que creen hallar en un elemento exterior a sí mismos. Un psicoanalista podría dar indicios de semejante desfase: no solo aburrirse de esa profesión en la cual se han destacado, sino adoptar los símbolos de otra para reforzar una notoriedad que creen les hace falta.
Estamos tal vez ante la saciedad que no satisface. Y saltar de saciedad en saciedad seguramente no va a llevar sino al vacío originado por el exceso de ambición. Es que la ambición desmedida no solo destapa la inexistencia de un proyecto de vida fuerte, sino la creencia de que algún objeto en el mundo es capaz de llenar el secreto deseo para el que está programado el ser humano.
Detrás de las prendas elegantes, exhibidas como trofeos apetecibles, se adivina una carencia fundamental. El mundo está lleno de estos falsos objetos o ambiciones que no hacen sino prolongar un hambre profunda. A su manera cínica, el filósofo griego Diógenes le dio una lección al gran Alejandro Magno. Fue cuando este quiso conocer al hombre que siempre iba descalzo por Atenas y predicaba con su acción el desprendimiento de todo bien material. Alejandro quiso que le pidiera algo a él, que todo lo tenía. La respuesta de Diógenes fue desconcertante: “Sí, quítate de ahí que me estás tapando el sol”.
El exhibicionismo que está detrás de la presunción de elegancia deja ver dos cosas. Por un lado, la pobre imagen que tiene de sí mismo aquel que recurre a ser admirado a causa de los trapos que lleva encima. Por otro, la escasa dignidad que le otorga a su oficio de siempre, pues recurre a vestirse distinto para compensar la falta de satisfacción que este le proporciona.
Los que se “disfrazan” para pavonearse ignoran que su público verdadero los tiene medidos desde antiguo y se ríen de ellos ante su sorpresiva conducta histriónica.