El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Los altos soles y la nueva realidad

11 de septiembre de 2026 - 12:00 a. m.
“La capital de la nación, a la que se le puso por apodo ‘la nevera’, se igualó a la ensoñada ‘tierra caliente’”: Arturo Guerrero.
Foto: El Espectador - Gustavo Torrijos
PUBLICIDAD

El mensajero de estos días prolongados es el sol. Fulmina con rigor los suelos y las ventanas sin pedir permiso, sin aviso previo, por derecho propio. Grita, muerde, tuesta a una población que no está acostumbrada a sus alargadas flechas de guerra. Aunque uno busque refugio debajo de un techo o de un árbol, este intruso obliga a quitarse todo abrigo artificial y a tomar agua, mucha agua. 

Poblaciones no habituadas a sus punzadas reciben el sol con alborozo los primeros días de su ataque. Pero cuando las jornadas se vuelven más asiduas y penetrantes, los habituales habitantes de climas fríos sienten que algo de su identidad está variando. Caen los atuendos acostumbrados, una franela blanca es suficiente para pasar el día, ya se ignora qué tipo de prenda conviene para salir a la calle. 

Así, día tras día va transformándose el entorno y lo que antes se llamaba tierra fría, ahora pierde su característica fundamental. En apariencia puede tomarse como un capricho pasajero de la atmósfera, ya que la época del año no corresponde al nuevo rigor. Y efectivamente es un nuevo rigor que obliga a transformar el vestuario y las costumbres. 

Los fabricantes y comerciantes de ropa seguramente se frotan las manos porque sus clientes potenciales se arrojan a los almacenes a renovar sus trapos, que ahora se parecen más a las costumbres de las tierras cálidas. Antes se viajaba hasta allá, tras dos o tres horas de automóvil o bus, a buscar refugio de los hielos de la pertinaz tierra fría. 

La extensa capital de la nación, a la que se le puso por apodo “la nevera”, en estos días se igualó a la ensoñada “tierra caliente”. Ahora todo es tierra caliente. Pero lo triste es que esta nueva realidad atmosférica no exime de las rutinas del trabajo, que era la delicia de quienes paseaban en busca de un fresquito. 

De modo que la transformación climática drástica está cambiando el modo de habitar el mundo y sus alrededores. ¿Hacia dónde se orientarán de ahora el adelante las ansias de descanso de las gentes de tierra fría, si de un momento a otro les cambiaron los grados centígrados que señalaban épocas de esclavitud asalariada, diferentes a épocas de calor, piscinas y mucha, mucha cerveza? 

No es una transformación baladí la que se está produciendo. Es una diferente sensación del modo de vivir en el planeta. Las antiguas convenciones se cayeron y las gentes no han logrado todavía encontrar nuevas costumbres de reemplazo. La anterior variedad se está convirtiendo en nueva monotonía. 

De esta forma es preciso acomodar nuevas maneras para el descanso y para el trabajo. Y esta variación puede trastocar íntegro el sistema de la vida. Si cambia el descanso, también cambia el trabajo. Las costumbres de uno y otro momento no se pueden improvisar. 

Los países del trópico, como al nuestro, son los llamados a ingeniar esos nuevos modos para cada nueva realidad circundante. Lo grave es que la nueva realidad se vino encima demasiado rápido y en general las gentes no han percibido lo drástico de inmediato futuro. 

arturoguerreror@gmail.com

Conoce más
Ver todas las noticias
Leer más
Leer más