Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Esos hombres jóvenes empujados como reses por los guardias. Sus cabezas rapadas, manos cogidas atrás, marchan agachados uniformemente. Tatuados en la piel. Son 2.000, abordan en la noche buses que los conducen al Centro de Confinamiento del Terrorismo, “donde vivirán por décadas”, según dice el presidente del país.
El video lo vio todo el mundo en redes sociales el pasado viernes. Los apiñan sentados en el piso, siguiendo filas rigurosas, acaballados uno detrás de otro. El efecto es muy industrial, matemático. Cuesta trabajo pensar que estos condenados sean seres humanos. Evocan más bien a los enviados a hornos crematorios nazis.
Es imposible ver estas imágenes sin sentir que se acerca otro holocausto, no la tercera sino la cuarta y última guerra mundial. El mensaje irrumpe en el estómago, sube al cerebro, se instala en el inconsciente de esta humanidad actual, asediada por la cercanía del fin del mundo y por la caducidad absoluta de los derechos del hombre.
El Gobierno salvadoreño proclama que ese sitio de confinamiento es la cárcel más grande de Latinoamérica. Aquí estamos acostumbrados a que lo nuestro sea lo más novedoso, lo más importante del mundo. Consuelo de bobos, porque nadie investiga en qué otro país vecino dicen lo mismo sobre sus propias grandezas.
La guerra contra las pandillas, comandada por el grácil presidente Nayib Bukele, se muestra como un estruendoso trofeo. Aprobación popular del 90 %, tasa de homicidios más baja de la historia, crecimiento económico. Desde 2019 el Gobierno negoció clandestinamente con los jefes de las tres principales maras. Así, los pandilleros son hoy ejércitos quebrantados.
Las maras aprendieron a ser delincuentes duros en Estados Unidos, antes de regresar a poner terror en su patria. Los había expulsado El Salvador porque no les brindó oportunidades, fueron a buscarlas al país del norte y las encontraron en la ilegalidad, entonces retornaron. En la actualidad son despojos humanos, solo cubiertos con uniforme de pantalón de tela blanca hasta las rodillas.
Estos muchachos han de tener madres, hermanas, amigos. ¿Dónde están? ¿Ante quién interpondrán estos sus reclamos al ver a sus hijos expuestos como reos, privados de la elemental prerrogativa a su figura, nombre, defensa, juicio? En las lamentables circunstancias grabadas en video, cada preso es igual al otro, cada cabeza redonda es apenas una cifra, cada paso encorvado es idéntica humillación.
En su país centroamericano muchos habitantes creen en esta modalidad de guerra contra las pandillas solo como un mal menor. Pueden caminar por las calles, hacer sus compras, respirar. “Me quedo con los resultados”, escriben muchos en las redes sociales respondiendo a quienes critican el desmonte del Estado de derecho. Los más chatos bendicen a Bukele como “el presidente enviado por Dios”.
En la retina del continente quedan tallados esos pasos disciplinados por espuelas, esos guardias que azuzan el ganado, esas marcas corporales que en décadas no le hablarán a nadie.
