Dos burros amarrados pujan jalando cada uno para el lado opuesto. En cada extremo los espera un montón apetitoso de heno. Se esfuerzan hasta la extenuación. Al rato uno de ellos se acerca a su contrincante y juntos marchan hacia el primer arrume de alimento. Lo consumen con avidez, luego viran hacia la otra porción de forraje y hacen lo propio con calma.
La antigua fábula de los burros, al menos la primera mitad de ella, es el espejo de la Colombia de hoy. Las dos fuerzas electorales enfrentadas son el resultado de múltiples rapiñas y componendas, alianzas y garroteras. Son también representantes de dos odios.
Comparten un territorio capaz de engordar a medio planeta y de infundirle la chispa de la vida a la galaxia. Sin embargo están sumidas en una ceguera que les impide advertir la delicia de alimento que podrían repartir. Ambas quieren todo o nada. Si la primera dice amarillo, la segunda contesta verde.
En su absolutismo de perspectiva, las dos corpulencias están convencidas de que su punto de vista es el único válido. De ahí que una y otra pretendan forzar a la contraria a renunciar a su porción del botín. El mundo tiene que ser del todo como lo concibe la primera, lo mismo que la segunda.
No se conceden plazos. Son como los militares que por reglamento se matan sin pedir ni dar cuartel. Ninguna facción concibe pintar una realidad que no sea completamente igual a la soñada desde siempre y para siempre. Nadie acepta términos medios ni procesos mientras llega el paraíso.
Para eso existen los líderes, para mantener intacto el fuego. Para diseñar una situación ideal, realizable tan pronto el adversario sea anulado. Nosotros, y no ellos, tenemos la verdad de las mayorías que a lo largo de los siglos han sido vapuleadas, ninguneadas.
Nosotros, y no ellos, somos designados desde antiguo para liderar la marcha de las montoneras. Somos la porción elegida, la elegante, la que conserva los modales regios. Esto es cuestión de clase, de pedigrí, tú sabes, eso se nota al rompe. Los dos tercos burros son parientes de los tres tristes tigres. Así de lánguidos, así de anémicos, así de mustios.
En vísperas de su suerte final, no cesan de morderse, patearse, tensar el lazo hiriéndose el cuello. No consta que los asnos de la fábula tuvieran barras bravas que gritaran a favor de cada parte. Solo eran observados por el inventor de su sinsalida, quien no tomó partido. O sí, compadecido como un dios ante la obcecación de sus criaturas, ideó una escapatoria. El final del juego ya lo conocemos.
Sucede que la realidad no es como la parábola. Casi a la hora definitiva, los dos burros amarrados de la tragedia colombiana persisten en su forcejeo de destruir al otro. A fines del 2020 el columnista Mauricio García Villegas describió la situación en El Espectador: “todos enarbolan el mismo dogmatismo, la misma incapacidad para reconocer la crítica, la misma intransigencia, el mismo cerramiento de espíritu… y el mismo discurso sermoneador”.