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Los calores del Niño

Arturo Guerrero

17 de julio de 2026 - 12:00 a. m.

Es un fenómeno al que le pusieron nombre infantil, sin que ningún niño tenga que ver con su clima. Es un verano tropical acompañado de lloviznas espaciadas que mojan, aunque no alcanzan a ser aguacero. Los amaneceres son fríos, y avanzando la mañana clarea un sol sin nubes que instala la gota gorda en la frente de los caminantes.

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El capricho sería la característica predominante de la meteorología de estos días. Y tal como se comporta la atmósfera, se configura el genio de los capitalinos. Del cielo bajan el mal humor, la desazón y la incertidumbre que sordamente invaden a los bogotanos. De estas causas ha de venir la fama hosca que estos arrastran.

Mientras el clima de la mayor parte del territorio nacional es verdaderamente tropical, es decir entre benigno y caliente, el de la ciudad principal parece un ventarrón bajado de los cerros. Esta diferencia climática explica en buena manera la diversidad del talante de las poblaciones nacionales.

La provincia es fiestera, musical, alegre. Allá la gente vive para ser feliz. El centro es austero, trabajador en horarios implacables, ensimismado. En él la gente vive para producir, fundar negocios y levantar a la prole. Muchos habitantes del campo y los pueblos se han trasladado a la urbe capitalina.

Se van a la nevera no porque les guste el frío sino para sacar adelante una familia. Y ya instalados, así sea en urbanizaciones colgadas del cable de la luz, no tienen retorno. Los hijos adolescentes ya no aguantan un regreso al campo o a sus poblaciones originales, pues están encandelillados por la modernidad y el progreso.

De ahí que la gran ciudad vea multiplicar geométricamente su población, mientras los campos se estancan y los municipios a lo sumo crecen aritméticamente. Las razones de este fenómeno son, pues, no solo económicas sino ideológicas. Entre estas últimas se ubican los calores del Niño.

En efecto, la inestabilidad del clima, acentuada como se está experimentando en la urbe grande, puede llegar a incomodar a las oleadas de colombianos que periódicamente se trasladan a ella en busca de una mejor vida. Es más fácil adaptarse cuando uno ha vivido siempre en la capital, que cuando llegó en busca de esa mejor vida.

Los urbanistas y planificadores harían bien en incluir este factor en las mediciones y proyecciones de los movimientos poblacionales. El ambiente que viene del cielo y de las montañas puede llegar a ser determinante para el bienestar de los nuevos habitantes. Los antiguos, por el contrario, más fácilmente habrán podido adecuar sus costumbres a los caprichos del presente.

O no necesariamente sus costumbres, sino su atávico talante camaleónico. En efecto, en la capital la población tradicional tiene ya incorporado en su cuerpo y en su psiquis una habilidad que envidian los recién llegados. Es la de medírsele a cualquier extravagancia de la atmósfera. Les basta con mantener despejada una ventana alta, para asomarse y ejercer el don de la adivinación sobre la gama de rarezas que ofrece cada amanecer.

arturoguerreror@gmail.com

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