Este año está cumpliendo un siglo de publicada la novela Don Segundo Sombra, que inmortalizó a los gauchos de las pampas argentinas. Su autor, Ricardo Güiraldes, murió un año después a sus 41 años. Todo es joven y todo es antiguo en esta saga que algunos califican de romance y de poema. Entre nosotros La Vorágine podría ser tan potente como ella. Ambas son fundadoras de pueblos.
Un muchacho imberbe y campesino quiere ingresar a la nómina de los reseros, llamados así porque tienen como oficio llevar reses en viajes que equivalen a descubrir el mundo y la vida. Busca a alguien que lo guíe y lo introduzca en la rutina y la leyenda de esos hombres, especie de centauros.
Lo encuentra, lo llama padrino y lo convierte en poco menos que un dios rústico. Se llama Segundo Sombra y todos los tratan como un “don”. Luego de leer las casi 300 páginas del libro, el lector percibe que desde su mismo nombre este padrino es en realidad un ser ambiguo, entre lo real y lo fantástico.
No es primero, es segundo. No tiene consistencia propia, es una sombra. Pero pertenece en carne y hueso a la esencia de los forjadores de la nacionalidad argentina. Es cierto que lo narrado ocurre a finales del siglo diecinueve, cuando el oficio y la notoriedad de los gauchos era algo ya arcaico. Pero también es verdad que aquellos hombres, caballos y reses se hicieron nervio esencial de esa patria sureña.
La vida cotidiana de los gauchos obedeció al “orgullo de dar cumplimiento al más macho de los oficios... De peones de estancia habían pasado a ser hombres de pampa. Tenían alma de reseros, que es tener alma de horizonte”. He aquí su hazaña: Treinta hombres conducían a cinco mil reses y toros bravos, a lo largo de trochas, montañas y lejanías.
“En la pampa –continúa la novela– las impresiones son rápidas, espasmódicas, para luego borrarse en la amplitud del ambiente sin dejar huellas... Animales y gente se movían como captados por una idea fija: caminar, caminar, caminar”. Y el protagonista reflexiona: “Influido por el colectivo balanceo de aquella marcha, me dejé andar al ritmo general y quedé en una semi-inconsciencia que era sopor, a pesar de mis ojos abiertos”.
Don Segundo rompe la rutina con dos armas: sus consejos ante cualquier contrariedad y un sartal de historias o cuentos fantásticos. Es un faro seguro, brotado de la misma tierra. El discípulo aprende y filosofa: “Así me parecía posible andar indefinidamente, sin pensamiento, sin esfuerzo, arrullado por el vaivén mecedor del tranco, sintiendo en mis espaldas y mis hombros el apretón del sol como un consejo de perseverancia”.
Al puro final de la novela, la vida y la economía le cambian de improviso al joven protagonista. Recibe una noticia que lo desubica, e intenta revelarse contra la idea de cambiar: “Galopar es reducir lejanía. Llegar no es, para un resero, más que un pretexto de partir”. Y la siguiente es su despedida, que al mismo tiempo es la de la novela: “Me fui, como quien se desangra”.