El país no está que estalla. El país ya estalló. Está como Ucrania, sus edificios desmoronándose, los sobrevivientes callando y buscando refugios. Los turistas no ven nada porque la procesión va por dentro. La fractura social se ha alojado en los cerebros. Se extendió al lenguaje. Los muertos van desgranándose. La hecatombe vendrá luego.
La política volvió a simplificarse. Solo quedan dos bandos. De modo que es facilísimo identificar al enemigo. Antes había escondrijos, puntos medios, era posible sustraerse de la trinchera de aquí y de la de más allá. Ahora no, hoy es indispensable definirse. Si uno no se define, lo definen los demás.
Es fácil. Si usted no pertenece al ejército de su interlocutor, de inmediato es matriculado en el antagonista, en aquel que hay que exterminar. Así finalizan las conversaciones: en descalificaciones determinantes y juicios sumarios. El paso siguiente serán las balas, porque de eso sí hay y muchas.
El contrato social se transformó en ruptura social. No importa si usted es de la familia o de las viejas amistades. Hasta aquí llegamos. Los de allá son la mafia que se tomó al país y trizó la paz, los neonazis. Los de acá son los asesinos amnistiados, los que se subirán a la presidencia por lo menos durante cuatro períodos, los que comen niños.
De este modo, en las dos líneas se piensa que los opositores son criminales. Y entre criminales solo cabe la extinción física. El siglo XX fue fecundo en exterminios que luego se creyeron borrados del planeta. No. Holocaustos y gulags mantienen vigentes sus hornos y sus campos extenuantes.
Por eso los líderes de hoy se clavan los puñales verbales -¡fascistas, comunistas!-, para pavimentar los campos de Marte donde ejecutarán el sacrificio adversario. ¿Cuánto demorará el tránsito del verbo al hecho? ¿Tal vez los dos meses que faltan para la primera vuelta de las elecciones presidenciales?
Hasta hoy el desangre metódico de la nación ha sido ejecutado por bandas eficazmente reguladas para nutrir el miedo como aire enrarecido. Paramilitares y guerrilleros no cesan de arrojar cadáveres puntuales aquí y allá. Pero este derrame sucede lejos, en los campos que no existen, sobre campesinos que no existen.
En poco tiempo las venas se abrirán en las ciudades. Las banderías están definidas. Se es amigo o enemigo. Basta asomarse a las redes sociales, abrir las líneas de comentarios a cualquier opinión. Bramarán de inmediato los insultos implacables. Nadie intenta comprender lo que dice el otro ni el por qué de lo que dice el otro.
Todos cierran los ojos y espetan el amargor de su particular tribunal condenatorio. Un lector sensato intuye el tronar de los tanques de combate y tiembla por la suerte inminente de nuestra Ucrania de cabecera. Los misiles no estallan en Asia, se alojan en el frágil organismo de los colombianos.
Entonces no hay para dónde mirar ni qué noticias escuchar. Hoy la vista únicamente se puede fijar en un bando o en el otro. Ambos igualmente tóxicos.