Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Los muertos por coronavirus no son los únicos muertos durante el coronavirus. Las cifras de víctimas directas del contagio son aflicción diaria de los sobrevivientes. En cambio nadie conoce la cantidad de muertos que no se fueron por culpa del virus, sino de la atmósfera mental concomitante. Los lloran los dolientes y los escasos amigos que se enteran.
Desde el comienzo de la pandemia flotó un vapor mortecino creciente sobre las viviendas de los vivos. Se mutiló el intercambio social, se cercenaron los abrazos, redes virtuales y medios de comunicación se encarnizaron con el drama de la supresión industrial de tanta gente.
Ser difunto comenzó a verse como algo natural. Con el paso de los meses, los teléfonos y los chats alarmaron con la defunción a cuenta gotas de tal o cual conocido, de este u otro amigo, ¡ay! de un hermano. Estaban enfermos, tal vez deprimidos, con comorbilidades, pero nada grave. Sin embargo, un día se morían, como nunca antes tantos en similar proporción.
Algunos de estos se apresuraron, buscaron pastillas exterminadoras o médicos para la eutanasia. Tal vez no resistieron la ululante convocatoria de la muerte, que puja desde las unidades intensivas de las clínicas. Proporcionársela por mano propia se les dibujó como un paso llano, en medio del cortejo progresivo.
Los expertos han conceptuado algo sobre los efectos sicológicos de la pandemia, pero esta mortandad alternativa va más allá de un simple calambre en el alma. “Se está desgranando la mazorca”, comenta la labia callejera. El símil es apropiado. Cada maíz que cae debilita la tusa. Cada muerto al que no le había llegado la hora prepara la tumba para sus deudos y conocidos.
Así las cosas, la mortandad desgranada no se remedia con siquiatras, que se ocupan solo de los granos tomados uno por uno. Es la sociedad entera la que se ha puesto en cuestión. El clima turbio que propicia la muerte se origina en fibras más profundas, incurables con pastillas y terapias.
Un país que mata porque sí o porque no, donde la vida no vale nada, está metiendo su ponzoña en la materia gris de los más débiles. Estar vivo se convirtió en estar en peligro de muerte inminente. El vocabulario se llenó de sicarios, paramilitares de sombrero, uniformados matones, armas a centavo, decapitados, violadas, falsos positivos, descuartizados. El último círculo del infierno.
Este veneno se inhala del vapor moral instaurado en los aires. Genera unas ganas de morir así de vivas y unas ganas de vivir así de muertas, como dijo un conocedor del aquí y del allá. En su más reciente ataque, lo esparcen desde hace tres años los seguidores de un virulento exmandatario que volvió trizas la paz y naco la esperanza.
Por eso prefieren fugarse de este valle aquellos que no habían pensado antes morirse, aquellas muchachas sonrientes que no soportaron adivinar el futuro de sus hijitos, aquel amigo de sus amigos que no había tirado la toalla ante un cáncer menos letal que la opresión cerebral de saberse en una patria inmarcesiblemente exangüe.
