De ser los mejores amigos del hombre, los perros están pasando a ser los tiránicos amos del hombre. Su reino son los parques donde brincan, ladran y muerden a gusto. Han expulsado a los anteriores visitantes pausados: los seres humanos. Ahora es preciso esquivarlos, temerles, sacar las piernas del alcance de sus dientes.
En caso de que un canino resuelva hundirlos en la blanda piel y suave carne de un transeúnte, el sangrado es lo de menos. Al comienzo no se nota, apenas se dibujan unos puntos correspondientes a cada una de esas ferocidades. La víctima interroga al dueño por las vacunas y nadie va a ser tan inocente de confesar que sus mascotas no las han recibido.
Al llegar a casa el infeliz perforado se lava con agua y cree el asunto cancelado. ¡Ja! Resulta que la saliva de los cuadrúpedos tiene una sustancia que al mezclarse con la sangre humana produce una mancha prácticamente indeleble. La piel ofendida queda marcada a la manera de los esclavos de las antiguas colonias americanas cuando sus dueños los tatuaban como ganado.
No es necesario que el perro sea un ejemplar enorme y siniestro. Incluso un tierno peludo, de esos consentidos por los amantes de las mascotas, es capaz de colorear una buena porción de pantorrilla por meses, quizá años. Es la manera utilizada por las razas irracionales para rotular a los individuos que acaban de convertir en vasallos.
Los parques, así, dejaron de ser aquellos sitios apacibles donde la humanidad recuperaba a ratos la memoria de la selva ancestral. Permaneció la selva, desapareció el idilio. Hoy las fieras son conducidas con correas por fieles servidores que los liberan en el césped para que recuperen la fiereza de sus antepasados lobos.
Se acabaron, entonces, la respiración diafragmática, el trotecito que arregla el día, el césped y los árboles que inyectan energía para soportar las aglomeraciones de la calle. Es preciso andar con ojo avizor, esquivando desde metros atrás el ataque dentado o las pezuñas embarradas sobre la camiseta deportiva.
Las noticias recientes han alertado sobre aparición de manadas de perros ferales en los alrededores urbanos. Dicen que son animales abandonados que se juntan para recuperar sus hábitos cazadores y cobrar presas que se les escaparían si los atacantes no fueran en tropel. Pues es como si la proliferación de canes de todas las razas que inundan los parques y andenes hubiera trasladado al corazón de las ciudades el peligro de las jaurías. Porque cuando dos o más perros se juntan en estos espacios a donde son mansamente llevados por los amos, ahora vasallos, arman la fiesta feroz en que ejercen su reinado.
Son autoridad y dominación. Carecen de ley y límites. Los pobres humanos que se arriesguen a cruzar dejan de ser proveedores de alimento y caricias para convertirse en impotentes servidores.
Por su número infinito y creciente, por la fuerza de sus dientes y pezuñas, por el ímpetu de sus juegos de guerra, los perros urbanos son los nuevos monarcas del mundo.