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El espíritu de la contradicción se ha tomado a la sociedad. Dime tú qué opinas y te responderé con la tesis antagónica, sin importar cuál de los dos tiene la razón. Esto no interesa, porque no se trata de establecer alguna verdad entre los dos, sino de plantar mi opinión como la única que vale la pena.
Es un asunto de vanidad, de preeminencia entre dos o más contertulios. Cada uno considera que se juega su prestigio siempre que abre la boca. El papel de los otros es el de agachar la cabeza y aplaudir, aunque sea en silencio, el punto de vista del que habló primero.
Antiguamente se decía que entre ciegos el tuerto es rey. Hoy todos se sienten reyes, sin advertir que son monarcas sin corona. La inmodestia es común en un mundo ansioso de reconocimiento. Los engreídos creen que están ganando la contienda social, sin advertir que en realidad son el hazmerreír secreto de quienes callan.
Quienes efectivamente saben que saben suelen permanecer en silencio tan pronto detectan la presencia de quienes creen que saben. Estos últimos van a reuniones donde pueden presumir, pero solamente cosechan la sonrisa irónica de los que de verdad tienen el conocimiento y la prudencia de no ostentarlo.
Por eso los cocteles y las reuniones sociales generalmente se merecen el tipo de asistentes que van a ellos en busca de contactos, influencias o favores. En lenguaje corriente, a estos especímenes se les califica de lagartos. Los hay incluso que asisten para consumir licores finos sin que les cueste un peso.
Los organizadores de estas reuniones insisten en convocarlas, pues no se han inventado otra manera de celebrar cualquier éxito en la alta sociedad y en el mundo de los negocios. Se dan cuenta de la proliferación de indeseables, pero no tienen manera de neutralizarlos.
Así pues, en este alto mundo es bien difícil evitar la presencia no deseada de esta clase de fauna. Habría que conversar con los servidores que atienden los cocteles, pues ellos han de identificar la presencia reiterada de no invitados que son expertos en adivinar dónde y cuándo habrá el siguiente evento.
Este es el ambiente donde más circulan aquellos que creen saberlo todo y piensan que nadie se da cuenta de sus trucos. Allí es donde pulula la manía de demostrar que son ellos los que tienen la razón. Es el escenario favorito para intentar lucirse con una cháchara insustancial.
Es el teatro donde reina el espíritu de la contradicción y donde salen al ruedo quienes necesitan demostrar que saben lo que no saben. Por lo general, estos especímenes no pierden ocasión de sacar a brillar su labia. Como buenos ignorantes, no advierten que son el hazmerreír de la concurrencia.
El espíritu de la contradicción padece de su propia contradicción. Sus protagonistas se autoanulan socialmente y ni siquiera se dan cuenta de que en realidad ellos mismos son su más eficaz antídoto. Sin advertirlo, confirman el dicho de que el pez muere por su boca.
