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Los tiempos no están cambiando, ya cambiaron

Arturo Guerrero

03 de agosto de 2023 - 09:00 p. m.

Hubo un tiempo en que los jóvenes eran idealistas y se sentían capaces de rehacer la plana de la creación del mundo. Fueron los años sesenta del XX, cuya duración se alargó hasta cuando esos muchachos se dejaron crecer la barriga y se cortaron el pelo y las barbas.

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El método infalible para darle el vuelco al planeta era dividir sus habitantes en buenos y malos. Estas dos razas, fácilmente identificables, debían odiarse hasta que una destruyera a la otra. La facción descontenta se apertrechó detrás de personajes modelos y libros que se asumían como biblias, con enseñanzas irrefutables.

Su máximo argumento era la ciencia. Pretendían comprender la historia porque esta se dejaba encerrar en leyes tan imbatibles como las de la física o la biología. Era fácil esgrimir esta sabiduría para generar un linaje radicalmente diferente.

Sus adalides vivían en países amarillos o rojos o cercanamente antillanos. Habían conquistado su primacía con banderas mecidas por multitudes y con armas de fuego que veneraban, pues de ellas provenía el poderío. Desde esas tierras bendecidas llegaban revistas, consignas y libros que cabían en el bolsillo.

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Varias generaciones se enfilaron en grupos donde cambiaban sus nombres de pila para despistar al enemigo. Se reunían en células clandestinas, abandonaban sus estudios académicos, hablaban y hablaban con la seguridad de que el cielo sobre la tierra era asunto del año entrante.

Fervor: esta era la gasolina que los mantenía activos. Desde instancias superiores, que nadie conocía, les llegaban sigilosamente las pautas a seguir para lograr el triunfo. Algunos se fueron al monte con alguno de los grupos armados que pululaban. Allá perecieron algunos, otros probaron cárcel, de otros no se volvió a saber.

Entre tanto, la realidad cambió. El idealismo pasó de moda, la ferocidad del dinero y la vida cómoda mandaron al olvido las ínfulas generosas de aquellos redentores de obreros y campesinos que poco acogieron sus orientaciones. Surgieron otros elencos que también reclamaron derechos e identidades.

Ante todo las mujeres, media humanidad. Bajo el paraguas del feminismo se levantaron reclamos, urgencia de salir de la cocina y del ostracismo eterno. Las razas postergadas, afros, indígenas, gitanos, elevaron voces de equidad. La sexualidad se reventó en una sigla a la que ya no le caben más consonantes. La naturaleza y los animales exigieron prerrogativas.

Hoy el globo cabe en un pañuelo. Trump agita su mechón amarillo y media sociedad se vuelve cavernícola. Bukele siempre bien peinado muestra videos con hombres semidesnudos que reduce a sus mitades, y a los candidatos presidenciales se les hace agua la boca prometiendo acabar así con la delincuencia. Putin, sintiéndose chiquito, invade, y el planeta vuelve a temblar ante la bomba atómica.

Ya nadie quiere cambiar el mundo, porque muchos fueron cambiados por el mundo. Hay que rebobinar esta película. Los viejos esquemas se volvieron eso, viejos.

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arturoguerreror@gmail.com

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