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Los vaivenes de una ciudad tobogán

Arturo Guerrero

06 de marzo de 2026 - 12:02 a. m.

El clima de la ciudad en estos comienzos de marzo es un tobogán inescrutable. Comienza, antes de comenzar, con un frío que más que frío es un hielo. Las cobijas nocturnas no dan abasto para entibiar el lento despertar del durmiente que aspira a reposar unas horas extras. Pero qué va, antes de la luz solar aparece una capa gélida que lo penetra todo. Tiene por nombre la triste realidad.

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Vale más correr a la ducha, instalar la máxima temperatura del agua y tostarse unos minutos bajo las punzadas del desquite. Con anterioridad se ha tenido la precaución de tirar sobre al baldosín la ropa esencial del día. Rápidamente se abandona el recinto del agua, luego de secarse minuciosamente la piel limpia. El ciudadano o la ciudadana están listos para reanudar su rutina de todos los días.

Forrado de suéter, saco y ruana, queda preparado para afrontar la rueda de la fortuna o en el peor de los casos la liturgia de los perdedores. El yerto despertar ha sido derrotado. Es entonces cuando el capricho de la naturaleza decreta el brillo rojo de un solazo al oriente, sobre los cerros. Con parsimonia el astro avanza para cubrir de sofoco la entera materialidad, a través de ventanales, terrazas y transparencias varias.

Se impone así otro cambio de atuendo. Desde los cajones del closet coquetean camisetas tenues, franelas sin mangas, shorts. Ahora estamos en tierra caliente y se bendice este clima parecido al de los paseos familiares. ¡Cuidado! La ilusión es flor de una mañana, porque hacia el mediodía empieza a avanzar una tremenda mancha gris que primero nubla el occidente urbano, hasta envolver las alturas orientales.

Así se descuelga tremendo aguacero cuyos goterones son balas que hieren la inocencia de todas las ventanas. Ingenuos, los caminantes desenrollan sus paraguas y sombrillas con la esperanza de resguardarse del chaparrón. ¡Vana ilusión! Todo el sol mañanero recibe un mentís y las avenidas son arroyos donde naufragan zapatos, botas y demás defensas inferiores.

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Cuando en este día melindroso no hay nada más que lamentar, el lejano oeste se tiñe de una amplia e intensa luz que sobreviene como para pedir perdón. En contraste el occidente y el norte se tiznan de gris oscuro, como para advertirle a la urbe que no hay mucho que celebrar pues en cualquier momento lo sombrío puede atacar de nuevo.

En ocasiones surge al oriente, sobre los cerros, un arco iris con el que las divinidades del aire procuran excusarse y jurar en vano no repetir las gracias de estos días anarquistas y faltos de una identidad definida. Pero la población nunca aprende, pese a que lleva todos los años de la vida en esta ciudad tobogán.

Así somos, un enjambre de contradicciones, una rutina que siempre sorprende, el lugar de los climas menos predecibles. Será por eso que nuestros comportamientos no se pueden adivinar y nuestras reacciones requieren de un brujo para que las descifre.

arturoguerreror@gmail.com

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