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En la primera foto de su vida Lula se ve a sus tres años sentado sobre una mesita con mantel bordado, junto a su hermana María. Ambos lucen ropas y zapatos ¡prestados por el fotógrafo! Setenta años después, ya expresidente, en entrevista para el libro “La verdad vencerá: el pueblo sabe por qué me condenan”, sintetizó así sus gobiernos: “Nosotros dimos al pueblo un patrón de vida que muchas revoluciones armadas no consiguieron. Y en apenas ocho años”.
Nació en Pernambuco, estado del humilde nordeste, de padres labradores analfabetas, menos que pobres, en una casa sin luz ni agua. Quiso la casualidad que su cumpleaños coincidiera con las fechas de sus tres elecciones presidenciales: último domingo de octubre. En su discurso de la victoria de 2002, esbozó su meta: “si al terminar mi mandato todo brasileño pudiera desayunar, almorzar y comer, yo habría cumplido la meta de mi vida”.
Los hambrientos eran 54 millones de personas, equivalentes a la población del décimo país del mundo. El escritor Eric Nepomuceno graficó así en 2018 el resultado: “tal vez no cumplió la misión en toda su enormidad. Pero ciertamente cambió la vida de por lo menos 43 millones de brasileños -una Argentina entera, casi cuatro veces Portugal, casi una España-, que salieron de la pobreza y de la pobreza extrema”.
Lula fue el primer presidente sin diploma universitario. Sin embargo, tras su segundo período salió con aprobación récord del 87%, fue elegido ´Hombre del Año´ por Le Monde, ´Estadista Global´ por el Foro Económico Mundial, recibió doctorado honoris causa de las universidades de Coímbra, la francesa Sciences Po y varias de Buenos Aires, Lima y Quito. En 2003 había obtenido en España el premio Príncipe de Asturias. En 2013 comenzó a publicar columna mensual en The New York Times.
Sobre su personalidad no se ahorran calificativos: fuerza de la naturaleza, estrella internacional, fenómeno olímpico, inteligente más allá de la cuenta, estratega atento y veloz, adversario implacable, firme en sus convicciones de piedra, ¡un bicho iracundo! No obstante, Lula no se libró de la “secreta esencia de lo que es ser pobre”, como apuntó el periodista Paulo Henrique Amorim: “no se dio cuenta del poder destructor de los ´medios nativos´, en especial de la Red Globo. De la crítica sórdida, invariablemente en contra. Y fue una de las víctimas de ella”.
Hay algo más. Mino Carta, exdirector de las revistas Veja e Istoé y fundador en 1994 del semanario progresista Carta Capital, de quien dice Amorim que “nadie conoce a Lula tan bien como Mino”, precisa en el libro “El desafío de Lula”, 2018:
“En sus gobiernos existió una orientación básica neoliberal. No hubo por parte del partido (PT) un trabajo profundo para concientizar al pueblo… Sí, hubo brasileños que entraron en el ciclo de consumo. Pero los ricos y súper ricos se volvieron más ricos y súper ricos. Permaneció la distancia abismal que marca profundamente la monstruosa desigualdad en este país… Hablan del fascismo de Bolsonaro, pero no es por ahí. Bolsonaro representa antes que nada el atraso cultural e intelectual”.
