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Marchas y contramarchas, a seis meses

Arturo Guerrero

03 de febrero de 2023 - 09:00 p. m.

Se cumplen los seis meses del nuevo gobierno. Tanto en la irritada oposición como entre los incondicionales del primer mandatario de izquierda, es evidente el reclamo por acciones concretas. Todo el mundo quisiera transformaciones exprés, sabrosura en las calles, alguna conquista nunca antes vista.

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Algo así como que a los indigentes que dormitan bajo los aleros en las yertas noches capitalinas se les ofreciera alojamiento apetitoso; que las aceras que caminamos dejaran de ser “un largo gemido”, como lo entrevió el poeta Rogelio Echavarría; que quienes adoren el nomadismo de los puentes puedan seguir como gitanos, pero que su vida sea una opción y no una marca agria del destino.

El pasado siete de agosto se instaló en el aire una esperanza. Y claro, las circunstancias infalibles de la carestía, los cuerpos acribillados como siempre, los mil requisitos de la burocracia intactos, la guerra internacional nunca faltante, continuaron abrumando como un peso muerto. Entonces esa esperanza se maluqueó.

El mundo avanza ahora a una velocidad de rabiosos. Lo que no es para ya no existe. Y cuando de milagro es para ya, queda mal hecho, de modo que las multitudes reaccionan con el arma más peligrosa proporcionada por las redes sociales: la maledicencia. No es sino asomarse a un trino, bajar un poquito hacia los comentarios y horrorizarse ante la jauría que despotrica.

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Así pues, la oposición le pone fecha a su marcha de protesta pública. La inteligencia de los gobernantes lanza la admirable idea de una contramarcha en idéntica fecha. Los protestantes trasladan la suya para el día siguiente. El gobierno insiste, con la consideración de que el pueblo es el que manda.

Se escucha entre nieblas la lejana voz de Chesterton como si respondiera a este argumento: “No tenemos democracia real cuando la decisión depende de la gente”. ¿En un país de cincuenta millones de habitantes que votaron casi por mitades, quién es el pueblo? ¿Quién es más pueblo, el que marcha dejando sus camionetas bien guardadas, o los entusiastas que sí saben hacer pancartas y cantar himnos chilenos revenidos?

La democracia, método no superado de organizar la cosa pública, ha consolidado mecanismos de funcionamiento. Se llaman ´instituciones´, no son infalibles ni intocables ni insobornables, pero son lo que ha dado la tierra. Más valdría purificar y consolidar estos canales por donde fluyen las querencias generales que saltárselos para entregar las decisiones a manos de prestidigitadores, oradores y tribunos.

No conviene que el norte de una sociedad sea señalado por la histeria de las bodegas en redes sociales ni por los discursos y exaltaciones de las grandes masas debajo de un balcón. La suerte del petróleo, los precios de las zanahorias, la tropelía de los más de cien mil presos, las mujeres descuartizadas, los indígenas expulsados como andrajos, las mil y más lacras nacionales no deben dejarse al arbitrio del que más grite.

Del afán no solo queda el cansancio, también queda el zaperoco.

arturoguerreror@gmail.com

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