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El tiempo entró en aceleración. Después de la modorra que permeó a los meses largos de la enfermedad contagiosa, el reloj se apresuró a recuperar el ritmo. Por eso la economía creció desmesuradamente. Los negocios multiplicaron la eficiencia y generaron ganancias a más no poder.
Incluso quienes no tienen negocios, aquellos cuyas familias comen dos veces al día, ingeniaron ritmos extremos en el rebusque. Se ven carretas de recicladores corriendo con sus pies de atletas obligados. Las pequeñas tiendas de líchigos reclutaron en Corabastos a los jóvenes más avispados, que al son del reguetón radial limpian, organizan y cobran la mercancía al vecindario.
Los empleados no despedidos sacaron del colchón sus reservas y barrieron con las chucherías sin IVA en los tres días sin ídem. Es impresionante la reactivación de los artistas, cuya vida es el público en presencia. Los conciertos decembrinos trinan con variedad de voces nuevas en siglas y nombres impronunciables. Los teatreros ofrecen piezas inventadas durante los confinamientos.
Hay que reconocer que los gobiernos, en especial locales, ofrecieron estímulos y bolsas de trabajo incluso a modalidades que mezclan arte y deporte, corrientes entre los muchachos de las barriadas. Los colectivos aprendieron a las carreras las enredadas condiciones de las convocatorias. Y lo lograron.
Así, la velocidad asumió el comando de las actividades urbanas. La constelación de los candidatos a las elecciones del próximo semestre se fue organizando en coaliciones, para que la gente se ubique y tome decisiones con mayor claridad y premura. El 2021 se está agotando en un sprint que antes no se veía.
“El músculo duerme, la ambición descansa”. Esta letra de Gardel suena aquí a medieval pues ni hay silencio en la noche ni la ambición descansa. La tuvieron amarrada durante dos años y se desesperó. No solo la ambición hundió el acelerador, sino el simple compás del vivir. Y eso en los diversos estratos sociales.
Muchos entraron en depresión o ansiedad en esa Edad Media del virus. Pero la mayoría arrancó a correr tan pronto se pudo, tal vez para huir de esas lacras mentales. De ahí que hoy seamos el país que más crece en el continente, tal vez el que más atraca en las calles, seguramente el que conseguirá los más variados regalos de navidad.
A los viejos este nuevo ritmo les cuesta trabajo: sus rodillas flaquean, sus músculos se entiesan. En cambio, es asimilado de inmediato por los jóvenes y niños. Corresponde más a la sangre fresca que los vivifica, a las expectativas de emperadores con que vienen al mundo.
Colombia ha sacado al aire el brío, frente al cual los extranjeros quedan boquiabiertos. Siquiera esta estación coincide con el cambio de gobierno que se despejará en seis meses. Como van las cosas, el país emergerá de la patria boba, inicua y sangrante que lo mantiene desastrado.
Los motores baten a mil por hora, el país antiguo se desbanda entre sofocos.
