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En 1967 Paul McCartney compuso la canción “The Fool on the Hill”, incluida en el álbum de los Beatles Magical Mystery Tour. Trata de un hombre sobre una colina, que habla con voz suficientemente alta y nadie lo escucha pues su apariencia de tonto no gusta. Pero él con su cabeza en una nube ve el sol que se oculta y el mundo que da vueltas y vueltas y vueltas.
Nunca parece darse cuenta de esa sordera general y tampoco escucha a los que lo desprecian. Él sabe que ellos son los tontos. Es el hombre de las mil voces. Y sigue hablando alto y mirando las vueltas del mundo. El video oficial de la canción, tomado de una película con el mismo nombre del álbum, muestra a McCartney ataviado con abrigo negro saltando y bailando entre rocas, nubes, olas. Es el tonto o el loco sobre la colina.
En declaraciones posteriores, este compositor insinuó que la figura del tonto la inspiró Maharishi, el fundador de la meditación trascendental e influenciador de los Beatles, que lo visitaron en la India. Es alguien que ve más allá y que conoce los secretos de la naturaleza y de la vida.
El pasado sábado 15 murió en su apartamento cercano a la quebrada La Vieja y rodeado de su familia Andrés Plazas, nuestro “tonto sobre la colina”. Un cáncer de cerebro cortó su ímpetu mañanero de subir a diario a los cerros bogotanos. Decenas de asiduos caminantes habían intentado darle aire espiritual mediante mensajes, canciones, videos, manifestaciones de cariño por WhatsApp y presenciales. El cangrejo resultó más fuerte.
Tenía 63 años y una jovialidad de 35. Luego de trabajar como ingeniero renunció al horario, conservó las asesorías independientes, completó dos veces el Camino de Santiago en España, frecuentó a los mamos arhuacos de la Sierra Nevada, se convirtió en el padrino de jóvenes de esta etnia que venían a cursar universidad en la capital.
Fundó la organización Amigos de la Montaña desde la cual hizo interlocución con la Alcaldía de Bogotá, la Empresa de Acueducto, la CAR de Cundinamarca. Impulsó la apertura y adecuación de 10 senderos de ascenso a los cerros orientales, entró en contacto con habitantes de los barrios populares colindantes a quienes entusiasmó para sumarse como guías turísticos. Enseñó la técnica del origami a los niños.
Se le veía arriba de los caminos, con botas españolas de alpinista, largo bastón de guadua, botones metálicos de su organización para quienes se cruzaban. Caminaba despacio, saludaba a todos, regalaba su tiempo. Comunicaba lo que había visto del mundo dando vueltas y vueltas y vueltas.
Él era el oriente; los demás, el occidente. Sus luchas por la naturaleza, la salud, la mente limpia tuvieron resultados altos y bajos. Sucede que las burocracias son tontas y viven demasiado en la superficie. Cerraron la montaña en pandemia cuando más oxígeno necesitaba la gente, llenaron de requisitos el acceso.
Cada vez que los bogotanos alcen la vista al oriente podrán distinguir entre las nubes la figura sonriente de Andrés Plazas, nuestro “tonto sobre la colina”.
